El cliente más fiel del Odilo

Fernando Molezún A CORUÑA/LA VOZ.

A CORUÑA

Hace nueve años, este ex empleado de la Tabacalera tomó las riendas del mítico bar, tras cuatro décadas como habitual al otro lado de la barra

15 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

En la calle de la Torre existe un rincón en el que el tiempo parece haberse detenido. Se trata del célebre Odilo, un mesón que trasciende tal denominación, es algo más: «Es una familia. Algo extensa, pero una familia». Así define Luis Ángel García a la parroquia del templo de las tazas cuyas riendas lleva desde hace nueve años. «Si aquí hay quien se pasa la barra y se sirve solito, como en casa, lo que te ahorra trabajo», añade con sorna este hostelero y padre de dos hosteleros.

En mayo del 2001, los anteriores propietarios, Odilo Salgueiro y Felita Méndez, decidían jubilarse. Ante el temor de los habituales de quedarse sin punto de reunión, uno de ellos, un veterano, decidió coger el traspaso del negocio: «Llevaba 39 años viniendo como cliente. Odilo y Felita eran como mis segundos padres, y aún sigo viéndolos con frecuencia, porque viven aquí cerca. Entraba libremente en la barra... Era parte de la familia. Y cuando les dije que me quedaba yo con el bar no me creían. Era el mejor modo de darle continuación, porque todos los clientes ya me conocían», afirma Luis. Y, en efecto, continuó, y lo hizo con el mismo espíritu de siempre: «Tan solo adecuamos los baños y pusimos una cocina en condiciones para ampliar la carta, pero sigue siendo el de siempre».

La decisión de ponerse tras la barra vino precipitada por el cierre de la Fábrica de Tabacos, donde trabajaba Luis: «Veía que me quedaba sin trabajo, y la opción era montar algo así o emigrar. Y yo ya emigré de crío con mis padres y no quería repetirlo con mi familia», recuerda el hostelero, que con diez años se fue a Londres, donde hizo sus primeros pinitos trabajando en un pub, para volver con 19 para quedarse.

Mezcla generacional

En el Odilo no pasa el tiempo, todo está igual que siempre: «Siguen los viejos clientes, los taceros de toda la vida, pero también hay una nueva generación que viene, sobre todo, a cenar los fines de semana», apunta Luis. Un ejemplo de esta mezcla de edades puede verse en una de las mesas: «La llamamos el Parlamento. Ahí se sienta siempre un hombre de 93 años que viene todos los días a tomarse su taza, y siempre le rodean un grupo de jóvenes ante los que imparte cátedra», destaca.

A pesar de que el Odilo parece no pasar jamás de moda, en esta gran familia, como en todos lados, se ha notado la crisis: «Ya no es tan habitual escuchar aquello de ''Cóbrame toda la ronda''. Las tazas cuestan 50 céntimos, y hay que despachar muchas para llegar a fin de mes», lamenta Luis.