La historia de nunca acabar empieza siempre de la misma forma. Cuatro gotas convierten cualquier lengua de asfalto, generalmente bacheada, en una pista de patinaje sobre la que los coches, quizá poco acostumbrados al deslizamiento bajo la lluvia (nótese la ironía) acaban por esnafrarse con más o menos daños, según la velocidad. Del golpe, la mayoría de las veces de chapa y pintura, se deriva una cola que, con el paso de los segundos, atenaza la circulación. El atasco colapsa primero una de las arterias, pero el coágulo acaba extendiéndose al resto de la red viaria local. El caos acaba por llegar al corazón del tráfico, la avenida de Alfonso Molina. Y, a partir de ahí, el frenazo colectivo se sucede y los minutos pasan calculando a qué altura estará el punto negro de la jornada.
Mientras todo eso pasa casi a diario, nuestros políticos insisten en discutir sobre el sexo de los ángeles (léase sobre competencias). El resumen es sencillo: los ciudadanos, conductores o no, pagamos nuestros impuestos por recibir unos servicios. El dinero sale de nuestros bolsillos y nos da igual a quién le competa. Lo que pedimos es que esos euros se utilicen para lo que realmente importa. Y, en este caso, lo que A Coruña y su comarca demandan, son unos accesos en condiciones. Da igual quién pague, pero que pague alguien ya.