Acostumbrados a la generosidad en los balances de público en conciertos playeros -50.000 personas, según datos oficiales, vieron en directo a Bisbal este verano...-, sorprende la timidez del Ayuntamiento a la hora de cifrar el número de asistentes a la protesta que el jueves protagonizaron los pequeños comerciantes en la plaza de María Pita. Fueron 600 según la Policía Local, diez veces menos que la cifra estimada por los comerciantes. Ni unos ni otros acertaron. Pero en una de las fotos publicadas en La Voz se pueden contar, al menos, 1.400 cabezas, y una periodista de este diario pudo constatar cómo a la hora de la marcha muchos comercios de la calle Barcelona cerraban en solidaridad con la convocatoria. Hay, pues, quien protestó y no bajó al centro.
Atinó el alcalde al declarar al día siguiente en Radio Voz que, solo con que haya un comerciante a disgusto, el Ayuntamiento tiene motivos para estar preocupado. Debe estarlo, pues según sus propios datos había al menos 600 descontentos el jueves en la plaza de María Pita. Losada se está volcando en una política de modernización de calles, que a la larga se supone beneficiará al pequeño comercio, pero hay un borrón grande en el aseo urbano (un ejemplo: el Orzán). Y no estuvo igual de fino al declarar que, en materia de apoyo al comercio, está todo inventado. No lo está ni en materia de comercio ni en materia de transbordadores espaciales. Hace siglos parecía que estaba todo inventado, y se inventó el centro comercial...
Jugó con fuego el PP y se quemó, pues no presentó pruebas, al denunciar que algunos comerciantes estaban recibiendo presiones del Ayuntamiento para no acudir a la marcha. Y exagera estableciendo una relación causa-efecto entre gestión municipal y cierre de comercios, pues a nadie se le escapa que estamos inmersos en una crisis de proporciones mundiales. Se equivoca también la Cámara de Comercio al mirar sistemáticamente para otro lado, dejando en evidencia que hace mucho tiempo que no hace honor a su apellido. Y se equivoca Henrique Tello al insistir en los logros de su concejalía: en la calle San Andrés esos logros suenan a humor negro. Falló el delegado de la Xunta volviendo a achacar al bipartito esta fenomenal crisis del pequeño comercio (¿hasta cuando será cabeza de turco el Gobierno de Pérez Touriño?) Y se equivocan también algunos comerciantes que ven en las calles peatonales o en la erradicación de la doble fila un ataque a su cuenta de resultados.
Lo cierto es que el pequeño comercio ha lanzado un aviso y está dispuesto a morir con las botas puestas. Por primera vez en décadas, el gremio ha hecho un frente común que obliga a las administraciones a dar un paso adelante. El alcalde, el líder de la oposición, el concejal de Promoción Económica, la Xunta y la Cámara -esta muy especialmente- tienen que situarse a la altura de las circunstancias. Esa es la única política válida. El pequeño comercio está en desventaja con las grandes superficies -solo un ejemplo: dentro de ellas no llueve- pero tiene muchas fortalezas -la exclusividad, el trato personal, la confianza, la profesionalidad- inexpugnables para las multinacionales. Debe explotar como nunca esas virtudes. Y los responsables políticos, muy especialmente desde la administración local, dándole todas las facilidades y suprimiendo todos los obstáculos para que puedan vender sus productos. Al comerciante hay que escucharlo siempre y tomar nota de sus inquietudes y de sus experiencias porque, aunque suene a paradoja, la supervivencia del comercio tradicional, el de toda la vida, es lo único que garantiza el futuro de una ciudad.