Varios periódicos ingleses calificaron como una locura el pago de 58 millones de euros por el fichaje de Fernando Torres. Los británicos se han escandalizado por tal asunto, más si cabe teniendo en cuenta que el mismo día en que se hizo la operación el Chelsea, equipo comprador, informó de unas pérdidas de 70 millones. Sin duda, se trata de asunto disparatado, pero la obscenidad que significan los casi diez mil millones de pesetas no dejan de ser una gota de agua en el turbio océano del mundo del fútbol.
El planeta del balón sigue funcionando como una selva ajena a las leyes, con personajes que se sienten impunes y que en la medida en que no pagan por sus irregularidades, siguen a lo suyo.
Así se entiende que el fútbol haya generado una serie de personajes variopintos que abarcan desde el fallecido Jesús Gil hasta Lendoiro.
En el caso del actual presidente del Deportivo, vuelve a estar en lenguas por sus problemas con los periodistas. Quien lleve años ejerciendo la labor informativa en A Coruña ya habrá deducido el concepto que tiene Lendoiro del gremio periodístico. El dirigente teme a los críticos con su gestión y desprecia olímpicamente a quienes le hacen la ola.
Solo desde el miedo más profundo de Lendoiro se entienden sus vetos a la prensa. Miedo a que se sepa..., temor a que se descubra..., pavor a que la imagen que de él se difunda no se corresponda con sus gustos... No se trata de una cuestión personal con los periodistas, sino con lo que estos representan y la labor que realizan dentro de una sociedad democrática.
El problema de tener un Lendoiro miedoso es que vicia el entorno del Deportivo, el gran perjudicado por las actitudes de su presidente. Si el capitán tiene miedo, la tropa tiene pánico.
Claro que todo sería diferente si Lendoiro no tuviera nada que ocultar, si las cuentas del club fueran cristalinas, si su ética de trabajo fuera digna del conocimiento público o si sus valores morales pudieran ser puestos como ejemplo a las generaciones futuras. Si las cosas fueran así, quizá Lendoiro dejaría de tener miedo y sería algo más feliz participando de una sociedad de libertades.