En Vigo hay dos museos fantasma. Uno está dedicado a las palabras, y otro, al mar. Sus salas permanecen prácticamente vacías día tras día. Para maquillar las cifras de visitantes, se organizan visitas escolares y cosas tan justificadas para el caso como la observación de estrellas o cursos de guías del parque de las Illas Atlánticas. Pero la realidad es que los conserjes suelen pasar las horas sin que nadie se digne a jugar con un cubo didáctico o admirar aparejos de pesca. El arquitecto César Portela, por encargo de las Administraciones y con fondos europeos de los tiempos de bonanza, diseñó unos hermosos contenedores cuyo mantenimiento cuesta más de dos millones de euros al año.
Y ahora, una pregunta de moda para amantes y detractores de los tijeretazos: ¿Qué es gasto social? Según la Organización de Naciones Unidas, es el dinero que destinamos a temas tan importantes como la educación, la sanidad, la seguridad social, los deportes y la cultura, con el objetivo de que las personas puedan disfrutar de una vida larga y sana. Ocurre que para que ese gasto tenga sentido debe llegar realmente a la sociedad. ¿Quién mantendría un centro de salud al que no acuden los pacientes? ¿Y un colegio en el que nadie quiere matricularse?
El crédito se acabó. Las autonomías y el Estado son como los viejos calvos del cuento que peleaban por un peine. Vivimos tiempos en los que no queda más remedio que reinventarse. Convendría pensar, por ejemplo, qué hacemos con algunos museos. ¿Saben que Vigo no tiene ni una triste sala dedicada a la batalla de Rande que inmortalizó Julio Verne? Preferimos enredar con las palabras.