El edil de Seguridad Ciudadana el 10-S de 1996 rememora los hechos
10 sep 2011 . Actualizado a las 06:00 h.«Era un día de calor sofocante, como hoy. Un calor que había llegado después de un verano muy malo, lleno de lluvias. Recordar aquel día sigue siendo muy duro». Así, con cierta emoción contenida, comenzaba ayer el concejal José Nogueira su relato sobre el derrumbe del vertedero de Bens, del que hoy se cumplen quince años. El que entonces era responsable de Seguridad Ciudadana visitó ayer O Portiño para rememorar un desastre en el que perdió la vida un hombre y que cambió a la ciudad, tanto físicamente como en el modo de pensar de sus habitantes.
«Llevaba pocos días como concejal de Seguridad Ciudadana. Acababa de dejar a mis hijos en el colegio y recibí la llamada del jefe de la Policía Local diciendo que había ocurrido un accidente en el vertedero. Cogí el coche y, a medida que me iba acercando a la zona, empecé ser consciente de que no se trataba de un accidente sin más, sino de una auténtica catástrofe», cuenta Nogueira, que durante los días que siguieron al 10 de septiembre de 1996 prácticamente vivió en las inmediaciones del derrumbe: «Se estableció un campamento cerca del barrio del Campanario. Allí comíamos, cenábamos... Se trabajaba las 24 horas del día con las narices impregnadas en Vicks Vaporub para soportar el olor», apunta.
Búsqueda infructuosa
Dentro de la tragedia que le costó la vida a Joaquín Serantes, un hombre de 58 años que fue sorprendido por la avalancha cuando se encontraba lavando su coche y cuyo cuerpo no pudo ser recuperado, el concejal asegura que pudo haber sido mucho peor: «Puede resultar duro decirlo, pero creo que tuvimos suerte dentro de la desgracia. La orografía impidió que la basura arrasase todas las casas del Campanario, y afortunadamente no sorprendió a los marineros preparándose para ir a faenar o a los trabajadores del vertedero. De hecho, en un principio creíamos que había más muertos».
A pesar de esto, José Nogueira sigue recordando con angustia la infructuosa búsqueda del cuerpo de Serantes entre las toneladas de desechos que se habían desplazado por la ladera: «Se hizo todo lo que estaba en nuestra mano, pero fue imposible. Estuvimos más de diez días buscándolo, hasta que el riesgo de un segundo derrumbe puso en peligro las vidas de los que estaban trabajando. Además, los técnicos nos decían que no encontraríamos ni los huesos, dado que la temperatura de la basura en combustión se acercaba a los 700 grados», relata el concejal.
Un centenar de voluntarios de la Cruz Roja, el equipo de Protección Civil, mariscadores, empresas privadas... Todo el mundo se sumó a los trabajos para tratar de paliar los efectos del desastre: «Se actuó rápido. Se colocaron barreras para que no saliese de la bahía de O Portiño, aunque alguna bolsa sí apareció en la costa ferrolana», afirma Nogueira, que intenta sacar una lectura positiva de aquello: «Despertó nuestra conciencia ecológica. Nos mostró el problema que supone deshacernos de nuestras basuras, de ahí que la filosofía de trabajo fuese sacar algo positivo de la desgracia. Y surgió la planta de Nostián. Dentro de cuarenta años nadie recordará que aquí, en su día, hubo un vertedero», concluye a los pies del ahora parque de Bens.