Fluye como el aceite por la Red una intervención en el Parlamento Europeo de Cohn-Bendit, Dani el Rojo, el veterano líder del Mayo del 68. Hablaba entonces, hace más de un año, de la hipocresía de la Europa de la alta velocidad con países como Grecia. Se le exigen esfuerzos y sacrificios hasta la extenuación al tiempo que se le venden submarinos por miles de millones de euros y se le dan créditos al 6 %. Venía a decir entonces que la Europa rica, la que teme el contagio de la debacle de los pigs, tenía que hacer algo más que negocios con los países que están en el abismo.
Y la canciller Angela Merkel, en la inquietante entrevista que publicó ayer La Voz de Galicia, lo reconocía de forma implícita. «Alemania y Francia son fuertes cuando actúan unidas», dice cuando se le pregunta sobre el papel que le queda a Europa en el contexto de crisis mundial. Lo importante, para ella, es el eje París-Berlín en una Unión desigual, quizás ingobernable y desde luego democráticamente deficitaria.
Ni Papandreu se reveló como un gestor eficiente ni la marcha de Berlusconi va a ser motivo de tristeza para los amantes de la decencia cívica. Pero, en el fondo, la renuncia de los dos mandatarios (la del italiano está por ver) deja un regusto amargo. Se van porque los echa el taimado mercado, no porque lo hayan decidido los ciudadanos que antes los eligieron con sus votos. ¿Cómo lo verá Rajoy? Si las encuestas no engañan, en breve las urnas le darán las riendas de una España a la que muchos ponen a la cola detrás de Italia. ¿Tendrá tiempo para enderezar el rumbo?
Merkel dice que la paz en Europa no peligra. Amén.