Dice la última Encuesta de Población Activa (EPA) que casi uno de cada cinco coruñeses que quieren trabajar y están en edad de hacerlo, no pueden. Es la cifra más alta de la crisis y, aunque el paro registrado real en las oficinas de empleo da cifras ligeramente más bajas -hasta tres puntos-, este resultado invierte una tendencia positiva de los últimos meses y se convierte en una amenaza clara para la sostenibilidad de una ciudad que tiene en el sector servicios a su principal motor económico.
Pese a no ser una competencia municipal directa, el alcalde, Carlos Negreira, designó por primera vez a una concejala de Empleo, Luisa Cid, con la clara misión de mejorar las relaciones con la Xunta y activar al máximo el Centro Municipal de Empleo y el vivero de empresas como parte de la apuesta del gobierno local. El paro, lo dicen todas las encuestas, es la principal preocupación de la sociedad en estos momentos y cualquier esfuerzo que se haga para intentar minimizar su impacto siempre parecerá escaso. Cid ha derrochado horas y esfuerzo, pero la coyuntura económica es dramática y, a pesar de resistir mucho mejor que el resto de las urbes del noroeste español -con la única excepción de Lugo por unas décimas-, la última EPA obliga a multiplicar los esfuerzos para evitar la destrucción del tejido productivo.
Santa Bárbara como símbolo. Son muchos los problemas que se abaten sobre la economía local. La práctica desaparición del sector financiero gallego, sector en el que A Coruña era líder claramente, ha provocado la fuga de muchos trabajadores cualificados y con altas remuneraciones y la jubilación o el paro de los demás. Las restricciones salariales a los funcionarios y la práctica erradicación del comercio tradicional han agravado la tendencia al cierre en muchas empresas del sector servicios por falta de clientela. La parálisis del consumo es general y la falta de grandes proyectos empresariales y el temor de la iniciativa privada han hecho bajar la persiana a muchas empresas pequeñas y medianas de construcción. Negreira ha conseguido dar algunos golpes de efecto. Por ejemplo, la implicación de José Lorenzo para rescatar tres de sus tiendas que había vendido a una multinacional francesa para reabrirlas. Y lo está intentando en Santa Bárbara, donde apenas quedan 61 trabajadores y los americanos de General Dynamics cuentan ya las horas para poder desguazar la que fue una de las plantas de referencia en toda España. La burocracia hace que los dos proyectos más interesados, el de IFFE y el de un conglomerado navarro gallego, lleven semanas yendo de un despacho a otro sin que nadie sepa bien cuáles son las reglas que marcarán la selección del proyecto ganador. Mantener abierta Santa Bárbara influirá poco en la próxima EPA, pero será un golpe de imagen grande para la ciudad y para su alcalde. Una firma histórica que lleva lustros agonizando debería ser el símbolo del inicio de la recuperación.