El último rural de la ciudad

Eduardo Eiroa / Xosé V. Gago A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA

PACO RODRÍGUEZ

Leiras y solares con plantaciones salpican el paisaje a pesar del desarrollo urbanístico

19 ene 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Mientras Fomento y María Pita suman millones para construir la estación intermodal en la que en el 2018 llegará el moderno AVE, en la vieja línea de tren que llega a la estación de San Diego crecen las berzas al lado de la vía. El moderno concepto de las huertas urbanas que triunfa en la Europa civilizada del norte, hace mucho tiempo que está instalado en A Coruña, eso sí, aderezado con esos clásicos elementos del paisaje gallego, como la uralita, los somieres para cierres de leiras, los palés reutilizados y los bidones metálicos para improvisadas cubiertas.

Las berzas proliferan no solo en San Diego. En el Montiño, en el Castrillón o en las Jubias las hay en abundancia. La ciudad está plagada de leiras que se salvaron de ser solares por el estallido de la famosa burbuja. En el peor de los casos son hoy pasto de zarzas y roedores. En el mejor, las aprovechan sus viejos vecinos para criar gallinas y plantar grelos y patatas. Los huevos caseros no son un lujo de las aldeas, también los hay procedentes del casco urbano coruñés, donde hace unos años el metro cuadrado se pagaba a precio de oro.

Hoy el preciado metal ha sido sustituido por lechugas y otros productos bastante menos sujetos a la especulación y que sirven para ayudar a completar la cesta de la compra.

Las lujosas vistas del centro se van diluyendo en la ciudad según el caminante se aleja de María Pita. El extrarradio tiene, seguro, menos glamur, pero más chicha.

En la lista de enclaves olvidados las Jubias se lleva la palma. A las carreteras estrechas y destrozadas se le suma un paisaje rural digno de ser conservado en condiciones, pero que nada sabe de mantenimiento desde hace mucho.

Montes de eucalipto conviven con esqueletos de hormigón no muy lejos de la entrada de Servisa. Más abajo, manda la berza sobre el asfalto para dicha de quienes no han sustituido en su imaginario el concepto de huerta por el de jardín.

No muy lejos de allí, en los Castros, convive el intenso tráfico con casetas que combinan el estilo favela con el del rural gallego. Sin certificados ISO medioambientales, han ideado un sistema para recoger el agua de lluvia con la que regar la leira. También en el Castrillón se pueden ver hermosos solares a monte, salpicados por esos restos del minifundio en los que no faltan tampoco los animales de granja. Los burros pastan tranquilos entre altas hierbas y muros decorados por grafiteros, un paraíso nunca imaginado por el famoso Banksy para darle a la pintura.

Hacia Bens el paisaje se repite, y más si se sale hacia la Grela. En la ciudad, el Montiño ofrece también idílicas imágenes de una Arcadia gallega que tan poco sitio tiene en los higiénicos planes generales.

Y por supuesto, quien busque infravivienda podrá encontrarla también en la ciudad en enclaves privilegiados. Mientras Oleiros o Culleredo han cercado a la ría con paseos, en el Pasaje, en A Coruña, se ha optado por las chabolas.