Dolce Vita bajó el telón. La crónica de su primera muerte estaba anunciada desde casi el mismo momento de su apertura en el 2008. Sus promotores quisieron ser los primeros en la oleada de aperturas de los «mall», el concepto anglosajón de ocio consumista que hizo furor en la España de las burbuja inmobiliaria. La alianza entre los inversores portugueses de Amorim, con centros comerciales en varias ciudades lusas, y la promotora española Chamartín dio lugar a una fusión entre ambas compañías que quisieron hacer de A Coruña la punta de lanza de su desembarco en España.
Carlos Cutillas, presidente de la compañía repetía a quien quería oírle que su proyecto «no tiene miedo» de Marineda City, el centro comercial más grande de España que, por aquellos días, empezaba a echar sus raíces de hormigón justo enfrente del Dolce Vita. La apertura fue por todo lo alto. Las colas de los primeros días hicieron pensar a los promotores que los 180 millones invertidos en la operación eran un acierto. Tanta gente quería conocer el nuevo centro que los atascos se multiplicaban y colapsaban la ciudad. Calculaban recibir 15 millones de visitantes anuales en una orgía de consumo que la crisis borró de un plumazo.
Una sangría. Mientras, el pequeño comercio tradicional sufría la crisis de forma directa con un aluvión de cierres y traslados hacia la nueva Meca comercial. Justo antes de las municipales del 2011, el mastodóntico Marineda City abrió sus puertas con unas expectativas que casi duplicaban las de Dolce Vita. Y entremedias, el mediano Espacio Coruña pugnaba por su sitio en el mercado a menos de un kilómetro en línea recta. A Dolce Vita se le acumularon los problemas. Solo Media Markt, uno de sus buques insignia, aguantó hasta el final, que llegará el próximo viernes con la bajada de la persiana definitiva. Al menos de momento.
Un futuro incierto. El edificio fue concebido como una infraestructura inmobiliaria. De hecho, la propiedad dio pábulo incluso a una intentona de crear un gran centro de ocio en medio de un polígono industrial que plantearon un grupo de pequeños inversores locales. Ahora, en cuanto el edificio se vacíe, habrá que buscarle alguna utilidad para que no se convierta en un inmueble fantasma. Propuestas, más o menos realistas, hay algunas, pero más allá de lo que ocurra con el futuro de Dolce Vita, la pregunta tiene más que ver con la apuesta de la ciudad por convertirse en la capital de servicios del noroeste, una especie de El Dorado comercial. Los más agoreros ya se han apresurado a sacar pecho para cuestionar las millonarias inversiones. Justo cuando Vigo pugna por su propio macrocentro y apenas un año después de la apertura de otro en Santiago. Las apuestas inversoras son buenas o malas en función de los resultados. ¿Cuánta riqueza, empleo y actividad han generado estas inversiones? Frenar las inversiones no parece una buena idea para cualquier ciudad en medio de la crisis. Racionalizarlas, sí.