Alrededor de la Rotonda giran abuelos, niños y buscadores de tesoros
26 abr 2014 . Actualizado a las 07:00 h.En la Rotonda, primavera de luna roja, llegan ahora mansamente las olas, como rascándole la tripa a las rocas de Riazor.
Como no hay cole, Semana Santa o así, los niños buscan cangrejos y conchas en la orilla, con su pala y su cubo del chino Antonio.
-Abuelo, he encontrado un cangrejo.
Las rocas, con marea baja y calma chicha, enseñan sus enaguas de algas, sus puntillas verdes y negras de encaje de Camariñas cubiertas de minchas y mejillones.
La Rotonda también tiene su skyline: desde la Torre semienterrada tras los dúplex de As Lagoas hasta la Domus, el Eusebio da Guarda y el Playa.
De vez en cuando llega una ciclogénesis explosiva y se traga la Rotonda de una sola dentellada. El Atlántico le pega un lametón a la Rotonda y levanta los bancos y las losas como si fuesen de papel cebolla o charol, no sé, ese papel brillante que los niños recortan en la guardería.
-Ahora sí que me creo que Santiago viniera en una barca de piedra por el Ulla arriba. Porque lo que aquí movió el mar es increíble. Levantó piedras, bancos, todo.
El veterano, tocado con visera y deportivas de profesional del paseo, tiene claro que el mar, cuando se pone, lo mismo te pone patas arriba el enlosado que te sube la balsa de piedra del apóstol hasta el Obradoiro.
-Éche moito mar de Dios.
Pasa un cativo con su cubo rebosante de algas, piedras, arena, un cangrejo enclenque y paliducho y hasta un lorcho que ha pillado despistado en una charca entre las rocas.
-Abuelo, he pillado un pez.
-Será un lorcho.
-Será.
El niño también pilla minchas y hasta alguna lapa, que extrae de la roca con precisión de cirujano cardíaco.
En la Rotonda huele a eucalipto. Aquí odiamos mucho al pobre eucalipto, que ya no sabemos si lo trajo de Australia fray Rosendo Salvado o no, pero Borges, que algo sabía de la existencia, incluyó su olor medicinal en aquel Poema de los dones en que daba las gracias al divino laberinto de los efectos y las causas por ese puñado de cosas que hacen soportable y menos doloroso el paso por este planeta.
La Rotonda, que ya hemos quedado en que huele a eucalipto, se apellida de Riazor o de las Esclavas, porque tiene adherido ese cole, pero si alguien habla de la Rotonda nadie piensa en otra, a nadie le da por pensar, qué sé yo, en la rotonda de Sabón, que tiene muchos coches y eso, pero es más una glorieta, una rueda de hámster para que entremos y salgamos del polígono los currantes poligoneros.
Hubo un tiempo en que me daba por ir a leer a la Rotonda. Incluso intenté leer, tumbado entre sus rocas, Guerra y paz. Pero, claro, entre que miraba las olas y a las chavalas en bikini perdía el hilo de Tolstói.
Ahora a la Rotonda uno va sobre todo para ver el mar. Para ver los barcos pasar a lo lejos, entrando y saliendo de A Coruña. Pasan los petroleros, los pesqueros y hasta esos trasatlánticos cargados de guiris con ortodoncias de Nebraska y de Wyoming (los yanquis se toman muy en serio la piñata). Cuando pega de canto un rayo de sol en la cubierta los destellos de las fundas dentales de Ohio se pueden ver desde la Rotonda si afinas un poco la vista.
Hay un nadador de gorro blanco que cruza a crol desde San Roque hasta el Orzán, brazada a brazada, que no es como cruzar el Estrecho de Gibraltar o el Canal de la Mancha, pero poco le falta.
Es un poco como el nadador de John Cheever, solo que en vez de cruzar un condado estadounidense de piscina en piscina, de chalé en chalé, cruza A Coruña a nado, de San Roque al Orzán, donde ya le pierdo el rastro, exhausto solo de mirarlo.
De Cheever recuerda Tallón una frase demoledora de su santa: «Puede que fuera infiel, puede que fuera un borracho, pero siempre estaba en casa a la hora de la cena».
En Riazor esquina a la Rotonda, ajeno a Mary Cheever y a la hazaña homérica del nadador, está el tipo del buscador de metales, que mira a ver si entre la arena palpita el tesoro de John Silver el Largo. Más que doblones lo que encuentra son ortopedias y cacharros. El niño del trueiro persigue al buscador de tesoros con mucha insistencia mientras su abuela se remoja las varices entre las algas barbudas de la orilla.
En los bancos de la Rotonda, bajo la sombra medicinal del eucalipto, las parejas se magrean con mucho esmero, más o menos como en el dique de abrigo, que el otro día me olvidé de ponerlo, pero tampoco es cuestión de detallar aquí el mapa del folleteo local, porque si no esto se va a convertir en la guía Repsol o Michelín de los picaderos coruñeses. Y tampoco es eso.