Estaba muerto y resucitó. El Dépor vuelve a ser equipo de Primera. Y lo ha vuelto a hacer en un tiempo récord, contra viento y marea. Con un equipo de meritorios cogidos de aquí y de allá, llegando a la meta con la lengua fuera y empujado por una afición que sigue siendo un activo de incalculable valor.
La masa social del Deportivo se ha convertido en uno de esos intangibles de los que tanto se habla en el deporte. Una especie de jugador invisible que sostiene la nave en las tormentas, que hace de ariete cuando hay que derribar un muro y que impide que la plantilla se rinda. Un jugador que nadie ve y que aprieta al entrenador para que no se relaje y que siempre vigila.
La afición ha sostenido un club al que se le había dado la extremaunción. Y ha sido la clave del éxito, el combustible que ha permitido al Dépor regresar a la élite a pesar de sus limitaciones. Porque si por algo debe recordarse este ascenso es por haberse logrado en unas condiciones adversas. Es cierto que se jugó mal y que Riazor fue mancillado una y otra vez Tan cierto como que el equipo no es el del ascenso del 2012, y que la plantilla ha vivido una temporada a caballo entre el esperpento, el drama y la comedia.
Fernando Vázquez, criticado en la recta final, ha cumplido su promesa de devolver a los aficionados lo que habían perdido ante la Real Sociedad. Por eso lloró hundido en el banquillo al final. Y por eso dio una vuelta olímpica al estadio para agradecer el apoyo del deportivismo. Vázquez ha disfrutado y sufrido el ascenso. Pero ha respirado aliviado porque para él, más que un asunto profesional, devolver el Dépor a Primera era una cuestión de honor. Nunca un entrenador estuvo tan implicado con su club. Y eso merece, ahora y siempre, un gran respeto. Eso sí, si quiere ganar el futuro deberá de aprender a no cometer los errores del pasado.