Una de las obras más imprescindibles de Galicia, la que dará una salida un poco más digna al polígono de Sabón, en el que se concentra un tercio del PIB gallego, puso ayer encima de la mesa todos los males de la improvisación. Un simple alcance en el interior de la rotonda, sin más daños que unos rascazos en la chapa de los dos vehículos afectados, colapsó casi dos horas el principal motor económico de la Comunidad.
¿Por qué? Por muchos factores, pero el más grave es la improvisación. Una carretera por la que transitan diariamente más de 35.000 vehículos depende de que no haya un pequeño percance. Un plan alternativo de evacuación y desvío parece de sentido común en cualquier obra, por pequeña que sea. Y mucho más si cabe en una zona tan importante para Galicia. Por eso, alguien debería explicar su inexistencia.
Los daños son irreparables para las empresas por las miles de horas perdidas por cientos de trabajadores durante el tiempo en el que duró el colapso. Pero el toque de atención es severo. ¿Donde estaba la Guardia Civil, cuyo cuartel está situado a poco más de doscientos metros del siniestro? ¿Y la Policía Local de Arteixo? ¿Por qué la Xunta, con apenas obras en marcha en Galicia, consiente que se ejecuten sin alternativas para el tráfico rodado? ¿Permitirá la nueva conselleira que se repita el esperpento o lo fiará todo a la buena suerte? Improvisar es el mejor atajo para fracasar. Que no se repita.