Contaba el pasado domingo en La Voz el periodista Nacho Blanco la conexión por carretera más antigua de Europa: 4.500 kilómetros entre las agitadas aguas del Atlántico que azotan los pies de la Torre y la ciudad georgiana de Poti. No se sabe si ese camino semidesconocido fue el que llamó la atención de la banda de seis georgianos y un español que protagonizó la mitad de los asaltos a pisos registrados en la ciudad en los tres últimos meses y que desembocó en su detención el pasado sábado, sorprendidos poco antes de iniciar su particular jornada laboral en el marco de la operación Curro, como la bautizó la Policía Nacional. De Oriente llegaron estos magos de las cerraduras, capaces de saltar cualquier rodillo para hacerse con suculentos botines en unos pocos minutos antes de desaparecer.
Su modus operandi revela lo mucho que ha cambiado la estrategia criminal y lo importante que es contar con los medios policiales suficientes para poder combatir a los grupos organizados que delinquen con precisión matemática. Su sistema de trabajo se basaba en operar a 1.200 kilómetros de su base operativa, en Barcelona. Lejos de la imagen tradicional de los vulgares cacos, estos ladrones se desplazaban en avión a «disfrutar» de su particular fin de semana intensivo. Elegían zonas residenciales semidesiertas y golpeaban con saña edificios enteros para hacerse con oro, joyas y dinero en efectivo. No quedaba tiempo para distraerse en objetos electrónicos o cualquier otro material que pudiese resultar difícil de trasladar. Robar y desaparecer para hacer del anonimato un arma más con la que vencer al sistema. Lograron 102 triunfos. Ahora les espera una larga temporada a la sombra. La Policía ha aprendido una lección. Y los ciudadanos nos hemos sacado un peso de encima.