Tras casi una década de letargo, la actividad económica en la ciudad empieza a dar señales de reactivación. Las cifras de contratos en la Seguridad Social al cierre del 2014 han arrojado un registro histórico: A Coruña es, por primera vez en la historia, la ciudad de Galicia con más afiliaciones anuales. Cierto que son apenas 329 más, pero la capital coruñesa tiene cincuenta mil ciudadanos menos censados. Por primera vez desde 2008 se superó la barrera de los cien mil contratos firmados, aunque no faltaron los sobresaltos, como el cierre de Santa Bárbara, las amenazas de Alcoa y la caída de varios cientos de pequeñas y medianas empresas.
La positiva noticia de las afiliaciones no debe ocultar la realidad de los casi veinte mil vecinos que, según la Encuesta de Población Activa, siguen buscando un empleo. La tasa de paro se ha incrementado ligeramente en el último trimestre del año -en contra de la tendencia registrada en el conjunto de España, aunque en línea con lo ocurrido en Galicia-, pero la fría estadística arroja un dato esperanzador: por primera vez en todo el mandato de Carlos Negreira como regidor hay menos demandantes de empleo -un millar, un 0,3 %- que cuando llegó al cargo, invirtiendo la tendencia del resto de la Comunidad, donde, por ejemplo en Vigo, la otra gran ciudad, hay 6.300 parados más que en el 2011.
Esas cifras se han visto solapadas por el aluvión de cierres de comercios en el centro histórico, marcados por el fin del período de carencia -de veinte años- en los alquileres de renta antigua. Pero la batalla de la recuperación económica será, a buen seguro, uno de los ejes de la próxima campaña electoral.
El extraño juego de EU. Muchos años le ha costado a los viejos comunistas coruñeses salir del ostracismo político en el que se sumieron tras el adiós del mítico Anxo Guerreiro a la actividad local. El trabajo de reconstrucción lo inició, de forma artesanal y con una innegable dosis de voluntarismo, José Manuel Sánchez Mesejo, que se dedicó a recoger la herencia del viejo PCE y modernizarla y adecuarla a las necesidades de una ciudad que siempre miró con recelo esas siglas. Mesejo dio un paso al costado por cuestiones personales, pero la semilla plantada en el 2003 germinó ocho años después con la reentrada en el salón de plenos de María Pita, bajo las siglas de Esquerda Unida, de César Santiso. Los vientos de cambio llegaron a su cénit en las autonómicas del 2012, donde, con el paraguas de AGE, se convirtió en segunda fuerza por delante del PSOE y, en una virtual extrapolación, le hubiera dado la posibilidad de encabezar la corporación . Pero ese trabajo se está derrumbando como un castillo de naipes por la suicida tendencia a la autodisolución que los cabecillas de Izquierda Unida en toda España han emprendido. El fenómeno Podemos y las plataformas ciudadanas serán la coartada en la que, previsiblemente, se diluirán los esfuerzos de más de un siglo de lucha política. Y no es porque los militantes coruñeses estén muy entusiasmados con el tema, sino porque la dirección autonómica que encabeza Yolanda Díaz, encandilada por su amigo Pablo Iglesias, puede provocar otra larga travesía del desierto para el histórico partido. Lo peor de todo, es que ni la propia Díaz parece demasiado convencida del desafío y de subrogar su capital político al grupo de sociólogos que lidera la Marea, al que alguno de sus más próximos definen como «activistas de pub».
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