Lo bueno que tiene que los pequeños de la casa practiquen deportes minoritarios es que de repente recibes clases magistrales sobre posiciones históricas, vestuario, palabras en francés y toda una serie de normas que no habías visto ni en los Juegos Olímpicos. Y, ya de paso, deportividad.
La Casa del Agua se llenó el sábado pasado de niños y niñas con caretas, espadas, guantes y petos. Sujetos a un enchufe o por libre. Algunos más serios, mirando de reojo a los trofeos. Otros más como de paseo, con sus armas de plástico y sus ganas de pasar una mañana diferente.
Y los padres, esa especie a la que empezamos a temer en algunos deportes infantiles, aplaudían detrás de la línea a sus retoños sin levantar media palabra contra los árbitros (que no dejan de ser chavales jovencísimos). ¿Son algunos deportes más propensos a la competición pura y a veces asilvestrada que otros? No lo creo: un padre grababa con el móvil los combates de su hija para que luego la niña aprendiese de sus propios errores... y de los aciertos del rival. Así que la competitividad existe y se fomenta. Pero también la lanzaba a la pista con un empujoncito y un «olvídate de los puntos y disfruta». Que teniendo en cuenta que las crías no pasaban de los 12 años, no deja de resultar bastante más motivador y más sano que vocear desde el borde de una pista. Piensen en cómo se sentían a los 12 años cuando había que ganar algo y todo el mundo les miraba. Una, que era alérgica a todo lo suponía la mínima posibilidad de perder, ¿preferiría entonces un «a por ellos» o un «pásalo bien»?
Los más pequeños, desde los mini espadachines a los que empiezan a estirarse hacia la preadolescencia, calentaban en la planta baja todos juntos, haciendo que estiraban. Todos contra todos, versión mixta, sumando puntos para luego jugársela en una eliminatoria. Que a saber si al filo de las dos de la tarde, después de casi tres horas allí, los agotados eran los niños o los padres. Claro que me cuentan (y me lo creo) que peor es aturar el partido de turno en los campos de la Torre en pleno invierno. Dos puntos más para la esgrima.
Será que son pequeños y aún les da rabia protestar, será que me faltan por descubrir aún categorías superiores y más duras. Será que hace dos semanas volvieron a echar en la tele A los que aman y veía pequeñas y ruidosas aprendices de Mónica Belluci por todas partes, con sus espadas y sus pantalones. El caso es que nada resultaba más chocante, en medio de aquella mañana de pitidos, armas blancas, en guardias y máscaras, que un chaval protestando por los puntos que no le daban. Sonaba aquella perrencha tan fuera de lugar, que el árbitro lo calló con una sola frase. Y nadie rechistó.