Sé de una que en las semanas previas a Reyes, a su cumpleaños y a cualquier fiesta que se tercie, va de tiendas a acariciar cosas. Procura ir acompañada, claro, para tener testigos (y potenciales regaladores) que vean qué acaricia exactamente. La mitad de las veces, a sus víctimas se nos olvida la pila de cosas que ha sobado por los comercios de la provincia, y entonces se encarga de enviar pantallazos de posibles regalos, como si fueran caricias digitales.
A mí lo de sobar cosas en las tiendas me pone más bien poco. Pero se acaba de asomar Pablo Portabales por la puerta y se ha puesto a hablar de las nuevas librerías que abren en la ciudad y me acabo de dar cuenta de que aún no he ido a tocar libros a la esquina de Padre Feijoo, que es lo que me pide el cuerpo desde que hace una semana, detrás del papel de embalar que tapaba los cristales, y antes de que colgasen el rótulo, se dejaron ver por primera vez estanterías que empezaban a llenarse de libros en el nuevo local de la librería Nobel.
Acariciar, sobar, tocar. El tacto es un sentido básico para la lectura (¿cuántas veces hemos escuchado a alguien defender que le gusta la sensación del papel frente al libro electrónico?). Y los cuatro sentidos restantes, también: los libros se escuchan si alguien decide leernos un párrafo en voz alta, y si el sonido de una página rasga el aire de pronto cuando estamos tan enfrascados en una historia que todo lo demás no existe. ¿Y el olfato? También. Las librerías nuevas son como un chute para los adictos a la tinta, para los que después de mirar las tapas lo primero que hacen es meter la nariz entre las hojas. Y la vista: nos entran por los ojos preciosas ediciones que encierran el milagro de una historia bien contada y presentada como un regalo hecho de tinta y de luz.
Hay quien dirá que el gusto está más cogido con pinzas... no tanto. Sé de otra que de pequeña arrancaba las esquinas de las páginas de cuentos y se las comía, un vicio vencido a tiempo pero que dejó grabado en la memoria de las papilas un quinto sabor inclasificable. Y nadie nos ha contado nunca a qué sabían las páginas perversas de aquel libro prohibido de El nombre de la rosa, pero no debían de saber mal, no.
En días como hoy hay que escaparse a las librerías. A las nuevas, a las viejas, a las pequeñas y a las grandes. A donde sea que se puedan acariciar libros, sobre todo con testigos que luego recuerden en qué tapas te paraste más, qué libro levantaste con un clarísimo «me apetece este», cuál es ese por el que nunca te decides. En días como hoy habría que pasar incluso por delante de las librerías que ya no están pero en las que un día nos regalamos un par de historias.