Patrimonio de mí mismo

César Antonio Molina TRIBUNA ABIERTA

A CORUÑA

EDUARDO PEREZ

30 jun 2019 . Actualizado a las 22:54 h.

La ilusión de los gallegos y coruñeses expresada a través de la carta de su alcalde, Francisco Vázquez, yacía en un oscuro y frío archivo del Ministerio de Educación y Cultura. Allí la había condenado la ministra de entonces. Y allí hubiera seguido durmiendo el sueño de los justos de no ser por la llegada a la cabecera de esta institución pública del estado de un coruñés de la calle de la Torre, que había nacido a no más de quinientos metros del monumento y había pasado su infancia y juventud bajo sus mitológicos rayos protectores. El nuevo ministro, ya habían pasado varios años y otra ministra, rescató del antro aquella misiva y ordenó al director de Bellas Artes, José Jiménez, que se pusiera manos a la obra. A partir de entonces, las conversaciones con la Unesco, órgano de decisión supremo, fueron continuas al igual que los viajes a París y a los congresos para insistir en su declaración. Había muchas dificultades con respecto a la descripción y calificación del inmueble, la importancia de otras propuestas muy relevantes, las presiones de los compañeros de gabinete escorados hacia su propia localidad y un larguísimo etcétera.

El caso es que casi durante tres años las fuimos salvando. Implicamos a la Xunta de Galicia y, por supuesto, al Ayuntamiento de Coruña. El presidente Touriño hizo su trabajo de manera ejemplar, así como el nuevo alcalde, Javier Losada, sucesor de Francisco Vázquez, que había partido a Roma para hacerse cargo de la Embajada de España ante la Santa Sede, la más antigua del mundo. También colaboró, y mucho, como siempre, Salvador Fernández Moreda, presidente de la Diputación. Muchas otras gentes conocidas o anónimas participaron intensamente desde la prehistoria de este gran proyecto colectivo. Citar todos sus nombres sería aquí imposible. Pero a mí me gustaría ejemplarizarlo en mi madre, Carmen Sánchez Castro. Sabedora de la labor complejísima en la que se había metido su hijo, no es que me animara a la misma, que así lo hizo mucho y muy bien, sino que me conminó de la siguiente manera: «Como no lo consigas no podrás volver a Coruña, porque yo seré la primera en impedirte la entrada. Tú verás. Yo no voy a quedar mal delante de mis amigas». Ante semejantes palabras que resonaban en ellas las de todos los coruñeses, principalmente los de mi barrio tan añorado y querido ¿qué podía hacer sino lo que hice en nombre de todos?

EDUARDO

Sea como fuere, aunque nadie me ha invitado a los grandes fastos que se están celebrando con motivo de esta primera década, yo me acercaré como siempre a Coruña, al faro, a la calle de la Torre, a Orillamar, al cementerio de San Amaro, para llevarle a mi progenitora un ramo de rosas rojas.