La vida que leemos

Antía Díaz Leal
Antía Díaz Leal CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

MONICA IRAGO

Una, que es peliculera, tiende a ver pilotos de la RAF cuando sale del cine de ver Dunkerque: en la travesía de la Marina una gaviota aterrizó como si fuera Tom Hardy en misión suicida bajo una mesita del Vecchio. No recuerdo cuál de los dos salió peor parado…

La atmósfera de las películas, las series, los libros que me atrapan, sale de la pantalla y de las páginas para convertir la ciudad en otra cosa. Aunque las dos últimas maravillas que se han quedado grabadas en mi cabeza no lo han tenido fácil. Ni un solo rincón de mi barrio podría acoger la infancia de Lenù y Lila en el Nápoles de La amiga estupenda. Aunque percibo retazos de conversaciones entre amigas y pienso que sí, en realidad, tiene razón Loreto Silvoso por las mañanas en la redacción, cada vez que hablamos de las novelas de Elena Ferrante y de su fantástica adaptación: en esa historia de amistad están todas las que nosotras hemos vivido, están nuestras madres, las mujeres de nuestra vida y nuestras complejas, maravillosas relaciones, como están en las charlas de las que se cruzan conmigo cada día.

Nada encuentro, y menos mal, de los hermanos Burbank que viven en el rancho de El poder del perro. Ojalá no se esconda alguien como Phil en mi calle, reprimiendo sentimientos, infringiendo heridas, ojalá ningún frágil y durísimo a un tiempo Peter, ojalá ninguna Rose a punto de quebrarse. Afortunadamente, estas primeras y largas tardes de junio se convierten en el antídoto perfecto contra los larguísimos silencios del novelón de Thomas Savage y de la brutal adaptación de Jane Campion. Qué lujo cerrar la última y reveladora página y encontrar el amanecer sobre el puerto: como una secuencia perfecta cerrando una película redonda.