El bar coruñés de los 3.000 vinilos donde aún se llora la muerte de Elvis

Carlos Portolés
Carlos Portolés A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA

Elena Vázquez

El Penique celebra todos los 16 de agosto una vigilia por el cantante

24 ago 2025 . Actualizado a las 10:18 h.

A Charly Estévez se le deshacen los ojos en chispas cuando habla de su colección de vinilos. Más de 3.000 álbumes, cada uno de su padre y de su madre, forran una de las paredes de su mítico bar coruñés, el Penique —pernoctan arrejuntados en la estantería el Zorba, el griego de Theodorakis y las progresividades superdotadas de los Pink Floyd, por poner dos ejemplos—. «¿De verdad toda la música que suena aquí sale del tocadiscos?», le pregunté el día que lo conocí. Sin mediar palabra, puso un dedo sobre el disco que en aquel momento giraba y el local se quedó en silencio. Como en pausa. Hasta pareció que los clientes dejaban en suspenso sus conversaciones nocturnas. Entonces levantó la mano y la vida se reanudó.

Charly lleva más de 25 años al frente de este pub de aires entre irlandeses y rockeros. Los muros, las puertas y hasta el techo (que luce una constelación de cascos de botella exóticos y vacíos, seguramente despachados en juergas varias) están recargados con adornos rocambolescos y expresivos. Todo un museo de las curiosidades. «Los he ido acumulando a lo largo de los años. Muchos me los han traído amigos y clientes de otros países», explica.

Preside la estancia un soñador cuadro que reza «Stop wars» con la distintiva serigrafía de La guerra de la galaxias. «Me lo hizo un colega. Lo que pasa es que no me hicieron ni caso, porque aquí sigue habiendo guerras por todas partes», se lamenta socarrón.

Charly tiene la rareza de ser una de esas personas que ha encontrado su lugar en el mundo. Alma y cuerpo se le acoplan a la perfección con las esquinas de este garito caoba con neones y «nueve grifos de cerveza». Esto último lo dice con un deje de orgullo. A ver cuántos bares quedan por ahí con tantos.

Elena Vázquez

Un tenor y un local demodé

Tiene anécdotas para regalar. Y vive Dios que las regala. Es una metralleta de historias de la noche. Le viene a la mente, entre otras, la vez aquella en la que el tenor lírico Celso Albelo entró a tomarse algo y acabó cantando O sole mío para los parroquianos del bar. «La voz era tan potente que retumbaban las paredes. A le gente le vibraba hasta la tela de la camiseta».

También tiene tradiciones innegociables, de las que participan no pocos camaradas y militantes de la cervecería. Todos los 16 de agosto llenan el interior de velitas y sacan a pasear los vinilos de Elvis Presley para recordarlo en el aniversario de su muerte. «Tengo un traje que me hizo mi madre. Lo clavó. Una vez hasta oficié la boda de una amiga aquí en el bar así vestido, porque dijo que si no la casaba yo vestido de Elvis no se casaba».

No le importa demasiado a Charly el paso de los años. Lo clásico no es ni antiguo ni moderno, es atemporal. Claro que, esta visión particular, no la comparten todos. «El otro día entraron dos chavales jóvenes. Echaron un vistazo alrededor y dijeron ‘¡pero si esto es un bar de rock!' Y se marcharon. ‘Joé, macho. Estamos demodé', me dije».

«Más que para un reportaje, las cosas que me cuentas dan para un libro, Charly», le suelto. Pero él está en otro plano. «Ven cualquier noche y verás que trabajo bailando y cantando. Abro a las siete de la tarde, estoy con mis amigos, soy feliz», y su barba se ondula ligeramente, solo a duras penas escondiendo una sonrisa de oreja a oreja.