Jesús Granja, escultor: «El material que muchos consideran desechos me habla, me dice cosas»
A CORUÑA

Superados los ochenta años, presenta su primera exposición de esculturas
25 ago 2025 . Actualizado a las 16:56 h.Es un hombre de personalidad arrolladora, imaginación infinita y vocación artística tardía. Jesús Granja (Palencia, 1943) recicla materiales de deshecho para convertirlos en arte, dotando de profundo contenido simbólico a unas piezas a primera vista sencillas. Y todo hecho desde la modestia de quien no se reconoce como artista, sino que simplemente disfruta creando. De hecho, ni siquiera ha titulado la exposición de sus creaciones —primera que realiza, debutando con más de 80 años— que puede verse este mes de agosto en la Biblioteca Miguel González Garcés de Elviña.
—¿Le presento como escultor, artista del reciclaje, inventor...?
—¿Artista? Eso que lo digan los demás. Pero me vale cualquiera, todas tienen algo de cierto.
—¿De dónde le vienen las ideas para sus obras?
—Muchas veces me las da la propia naturaleza de la materia. Esa raíz, o una rama, la corteza de un árbol... Me sirve cualquier instrumento porque lo que hago es materializar sobre él una idea, una metáfora. El material que muchos consideran desechos me sugiere, me habla, me dice cosas. Algunas incluso me vienen casi hechas, como un aguilucho que saqué de un trozo de madera al que solo tuve que rebajarle algunas aristas y añadirle un ojo. Pero el pájaro ya estaba allí, yo solo colaboré a que surgiera. Puede que vea un poquito más allá que la mayoría de la gente, pero tampoco me he parado a analizarlo. Me pasa desde siempre, tengo una especie de intuición que me lleva a ver esas cosas.
—Pero más allá de lo que le dicen a primera vista, sus piezas están cargadas de simbolismo.
—Cierto. Por ejemplo, tengo una pieza que es una alegoría de la justicia que no es más que una rama de un árbol con una cuerda, como si fuese una horca. Es algo sencillo, pero que lleva a tu mente a pensar en toda una masa enfervorecida ajusticiando a alguien que había cometido un delito. Es un símbolo, una manera de recoger la idea de lo que era la justicia en otras épocas.
—¿De dónde saca esos materiales que tanto le dicen?
—Encuentras maravillas en cualquier sitio. A veces hasta parezco un pordiosero buscando en los contenedores [ríe]. Eso es un poco exagerado, pero sí que es cierto que si me encuentro algo, lo cojo. O lo pido, claro. En una parroquia de Elviña vi una rama que me llamó la atención. Pregunté por el párroco y me atendió un señor muy amable al que le pedí si podía cortarme ese trozo de rama. El señor se quedó un poco asombrado por la petición, pero accedió y me la llevé. Esa rama ahora es un perro.
—¿Trabaja con cualquier material?
—No hay material innoble, todo es susceptible de ser transformado. Hombre, el plástico no es que me apasione, claro. Soy más de madera. Pero oye, que si se me cruza en el camino un plástico que me llame, no le voy a hacer ascos. Aunque hasta ahora no me ha pasado. El plástico es demasiado sofisticado para mí. Me inspira más la madera, el barro... Los materiales naturales.
—Llegó tarde al mundo del arte. ¿Desde cuándo se dedica a esto?
—Más en serio, desde hace unos dos años. Yo he sido consultor de empresas, cosa que tiene poco que ver con esto. Pero siempre he ilustrado los cursos en empresas que daba con algún ingenio de estos, claro que no le daba importancia entonces. En un hotel, hace años, había un congreso de ópticos a los que tenía que dar una charla. Construí unas gafas para hacer que todo el curso fuese en torno a esa figura, explicando lo que simbolizaba la patilla izquierda, la derecha, los cristales... Era algo muy ilustrativo y me sirvió para transmitir lo que quería contarles.
—¿Qué pasó para que empezase a tomárselo en serio?
—La culpa es de mis hijos [ríe]. Porque a alguien hay que echarle la culpa. Me regalaron una herramienta eléctrica que tiene muchas funciones y empecé a hacer cada vez más cosas. Con el tiempo estas fueron tomando una entidad mayor. Y ahora tengo unas doscientas, más o menos. Fue un gran regalo, muy acertado, porque me conocen bien.
—¿Comercializa sus obras?
—He vendido varias, pero fue sin querer. No tenía la más mínima intención de que cambiase de manos. Y, desde luego, nunca tuve en la cabeza sacarle rédito económico. No es el espíritu con el que trabajo.
«No quiero que mis obras tengan más utilidad que la función de ser admiradas»
Los motivos que han llevado a Jesús Granja a empezar una nueva vida, ya jubilado, a través del arte, obedecen a una necesidad de comunicar, de transmitir la belleza que él encuentra en los lugares y materiales más insospechados. Es un claro ejemplo del arte por el arte: «Odio cuando se busca utilidad al arte. Como dice el escultor Jaume Plensa, el arte no sirve para nada, y por eso es tan importante. No quiero que mis trabajos sirvan como lámpara o de cenicero. Bastante tiene una obra con su función de ser admirada. Sin más. Para eso sirve. Su función va al espíritu. Si no, ¿qué sentido tendría levantar algo tan maravilloso como la catedral de Santiago para adorar a Dios, si este está en todas partes? Nos valdría con una cueva. Pero la función del arte es otra», explica.
—¿Cómo surgió la oportunidad de exponer sus obras en la Biblioteca Miguel González Garcés?
—Hombre, algo tuve que insistir. No fue llegar y triunfar. Pero no fue complicado, porque algunas de las obras ya estaban allí. Solo tuve que bajarlas del despacho de la directora, a la que le había enseñado alguna obra mía y decidió quedársela. Está en la biblioteca un Quijote mío, un Valle Inclán...
—¿Y dónde hace todas estas obras?
—Empecé en el despacho de mis hijos, que tiene una buena terraza. Pero llegó un momento que había tantas cosas que me echaron, claro. Es que no podía ser aquello. Así que me busqué un taller en Bugallal Marchesi, en la zona de las Pajaritas, que comparto con la escultora Susi Babío. Ella sí que es una artista profesional, hace unas maravillas en barro increíbles. Por cierto, que estamos encantados de recibir visitas en el taller.