Tener una calle en la que jugar era algo natural para los de nuestra quinta. Había menos coches, más niños, tal vez más confianza (¿dejaría yo a los míos bajar un rato mientras vigilo desde la ventana, como hacían nuestras madres? Lo dudo muchísimo)
12 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Será porque allí estaba la primera casa que alquilé en la ciudad, pero cada vez que piso la calle Orzán retrocedo en el tiempo. Me gusta cuando está más vacía, y aquel portal antiguo de madera me recuerda otra vida. Pero también cuando se llena de tenderetes amarillos. Me gusta porque podemos enseñar a los niños a jugar a Pasemisí, pasemisá en medio de los puestos, y sacar de una bolsa unos aros para que sean ellos los que nos enseñen otro juego. Del asfalto surgen gatos amarillos y blancos, un barco verde, y juegos interminables con cintas y una pelota.
Tener una calle en la que jugar era algo natural para los de nuestra quinta. Había menos coches, más niños, tal vez más confianza (¿dejaría yo a los míos bajar a jugar un rato a la acera de mi calle mientras vigilo desde la ventana, como hacían nuestras madres? Lo dudo muchísimo). Los mayores cuidaban de los pequeños y gritaban «¡coche!» cuando pasaba alguno, pocos en nuestra calle en particular, y aquello era lo normal un sábado por la tarde.
Qué extraño es que sea algo excepcional jugar en la calle con la misma libertad que entonces. En la calle Orzán había que apartarse al paso de los demás peatones, alguna bici, un patinete. Pero el resto de los niños nos miraban, curiosos, y los adultos se reían con el soniquete de la canción. ¿Cuántos años habrán pasado desde la última vez que dijimos «limón o naranja» en medio del juego?
Se puede jugar a todo esto en un parque infantil, o enseñarles la letra absurda de Pasemisí en casa. Pero hay un encanto especial si lo haces en plena calle, entre la gente, con los ruidos normales de la vida, los bares, los transeúntes, las tiendas. O tal vez, solo tal vez, sea pura nostalgia de aquella otra calle que era nuestra.