Los sueltas una mañana de sol a los pies de la Torre y se dedican a correr entre la hierba gritando «¡la espesura, la espesura!»
13 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Todas las primaveras ocurre lo mismo: estallan los cerezos, los pitosporos, las magnolias, y una se cree capaz de retirarse al campo para pasar el resto del año rodeada de flores y árboles y del piar de los pajaritos. Sospecho que este espejismo naturalista es un mal común a todos los que nos criamos pisando asfalto. Somos cativos de ciudad, y nuestros hijos también. Tanto, que los sueltas una mañana de sol a los pies de la Torre y se dedican a correr entre la hierba gritando «¡la espesura, la espesura!», como si estuvieran atravesando la Amazonia.
Qué gusto el sol, los niños localizando bichos, las lupas que descubren arañas, hormigas y abejas. El olor de una higuera, las flores blancas del pé de boi con el que jugábamos a las cocinitas en verano sin sospechar que es pariente de la cicuta. Se cae el retaco y desaparece en la falsa espesura y se levanta muerto de risa, repetirá el chiste mil veces porque hay un público muy agradecido.
Los críos, de la mano de Solena y su bosque escuela As Landriñas, cierran los ojos y describen los sonidos a su alrededor. Los pájaros, el mar, algún coche a lo lejos. Cuentan las patitas de los insectos, hacen equipos y observan intrigados los restos que una araña ha dejado en su tela.
Después de un buen rato viendo fauna en miniatura, me pica todo. No son los bichos, es más bien la idea de los bichos, como cuando llega un aviso del colegio porque hay piojos y de forma automática te pica la cabeza. Quiero pensar que esta es una manía compartida y la evolución natural de los que vivimos expuestos al cemento casi todo el año. O tal vez no, y la rareza es mía, y es la palabra bicho la que provoca picores, como ahora, igual que un conjuro lanzado en medio de la espesura.