Ese día, el de la primera vez, marca. Porque, de alguna manera, ahí empiezan a ensayarse muchas cosas que vendrán después
09 oct 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Hay un momento en la vida de muchos adolescentes en que se ven empujados a entrar en una discoteca. El otro día, en la calle Costa Rica, me encontré con una marabunta ansiosa por debutar bajo la bola de espejos. No pude evitar sentir cierta ternura. Iban a The Clab, lo que antes era Chaston. Y todos, más o menos uniformados —ellas con pelo largo, tops negros y pantalones wide leg; ellos con peinado a tazón, camiseta holgada y vaqueros—, dispuestos a cruzar esa puerta en la que, supuestamente, dejarán atrás la infancia para siempre. Ahora sí, papás, esta etapa se terminó.
Allí, a 12 euros por cabeza, se actualiza lo que fueron las sesiones de tarde de las discotecas de la ciudad, cuando la chavalada del baby boom iba en masa a C'assely y La Real. Ahora esperemos que estén menos pasados de vueltas que entonces, cuando las peleas eran constantes, y que entiendan que el mundo no se acaba por encajar o no en la pista de baile, marcando cómo va a ser la vida de uno entre los 14 y los 17 años. Por lo menos ahora no tienen que padecer a los quinquis dando el palo en las inmediaciones.
Ese día, el de la primera vez en una discoteca, marca. Porque, de alguna manera, ahí empiezan a ensayarse muchas cosas que vendrán después. Y aunque todo haya cambiado —las entradas se compran por internet, los DJ son celebridades de TikTok y la fiesta es oficialmente sin alcohol—, en el fondo me temo que sigue siendo lo mismo. Adolescentes en plena revolución hormonal buscando su sitio, viendo y dejándose ver. Las discotecas aparecen y desaparecen. Cambian de nombre y de música. Van y vienen. Pero ellos siguen llegando a la puerta por primera vez, con la misma mezcla de excitación, miedo y ganas de que alguien los mire. Igual que te pasó a ti hace (muchos) años.