Hay políticos a los que les cuesta irse. Algunos no entienden el veredicto de las urnas y prefieren culpar al empedrado de su situación. Otros prefieren hacer oídos sordos a las resoluciones de la Justicia y aprovechan cualquier resquicio para aferrarse al sillón. Podría llamarse «el síndrome del imprescindible», aunque algunos de los protagonistas se sientan molestos con la etiqueta. El último episodio de esta saga tiene lugar en Sada. El histórico Ramón Rodríguez Ares tiene sobre su cabeza una sentencia de seis meses de inhabilitación. Tras utilizar toda clase de recursos para dilatar su ejecución, Moncho ha encontrado un último balón de oxígeno en el informe del juzgado, que contradice al secretario municipal, que asegura que no es necesario cumplir la sentencia que le obligaría a dimitir hasta que sea firme. O sea, recurso al canto y a seguir ganando tiempo mientras mina la credibilidad ganada durante meses a base de trabajo incansable por su socio de gobierno, el alcalde Tito Anido. Mientras, Rodríguez Ares ya se saltó el pleno en el que la oposición pretendía reprobarle y dice que no tiene por qué irse. ¿Y el respeto a los votantes? ¿Y a los vecinos de Sada?