«El éxito de un actor es poder vivir de esta profesión»

P. V.

CULTURA

23 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Bromean con cómo se ven dentro de diez años. «Él, obispo Casares, y yo, directamente, en la cárcel», dice el interprete del narco Carmelo Matalobos. Pero su verdadero deseo es poder seguir viviendo de esta profesión que llevan en las venas y que, como explica Pedro Alonso, es un sentimiento que le transforma, algo casi místico lo que siente en el plató. «Es como un milagro lo que sucede en un plató», explica y provoca la risa con su jerga de sacerdote. «Milagro», «sagrado», «es que hay mucho vicio», son palabras y frases que repite en el encuentro para regocijo de quienes pueden verle poco a poco abandonando el papel de padre Casares.

La ventaja que tienen Luis Iglesia y Pedro Alonso es que realmente disfrutan cuando pisan un decorado, cuando tienen que interpretar la vida de un personaje. Especialmente en los rodajes de las dos series en las que están involucrados. «Uno de los secretos del éxito de las series es el buen ambiente que tenemos», explica Luis Iglesia, que ya tiene fecha para la próxima merendola que organizan los actores de la serie. «Más o menos, una vez al mes nos juntamos», comenta.

-P. A. Nosotros en Padre Casares nos llevamos muy bien después de dos años de rodaje y eso es muy, muy difícil.

-Pregunta. Están saliendo ahora muchísimos actores jóvenes, ¿no?

-P. A. Esta es una profesión muy atractiva. Posiblemente hoy más que hace diez años. A la gente común le resulta más fácil acceder a ella. Que es decir poco. Luego mantenerse en la profesión es otra cosa. Está muy mitificada. ¿Por qué hay 5.000 actores de 20 años, 600 de 30 y poquísimos de 60...? Es una carrera de resistencia.

-L. I. En el camino queda gente buenísima, muy talentosa.

-P. A. El éxito es que un actor o actriz haya vivido de la profesión y es algo que no pueden decir muchos actores. Otras percepciones del éxito no tienen nada que ver con la vida real. Es una profesión dura, cruel, que no tiene memoria. Pero el público en general lo que ve es el trabajo acabado. Eso es lo peculiar de esta profesión. La gente que dice que esto está tirado no tiene ni idea. Para que esto funcione en un plató tiene que pasar algo, ¡como un milagro! Es realmente complicado explicar cómo es nuestro trabajo en realidad.

-L. I. Además tiene el encanto de que no existen fórmulas mágicas, ni siquiera cuantificables para interpretar y que te salga transmitir algo. Nosotros tenemos que ver cómo actúa la gente, cómo se relaciona, cómo se emociona...

-P. A. Para ser bueno en este oficio no hay que saber mentir mucho. No. No hay que mentir nada. Tienes que decir la verdad. Un actor es una persona que está abierta de antenas para captar lo que le rodea. Y eso como oficio vital es un regalo que justifican todas las penurias.

-P. ¿Crees lo mismo, Luis?

-L. I. Yo desde los siete años quería ser actor. Aprendí a que no me gustara el fútbol porque el día que había partido de fútbol quedaba el pueblo entero para mí... Como no era bueno en los deportes, tuve que aprender otro tipo de habilidades. Entonces yo era lo que llaman ahora cuentacuentos. Con siete años empecé a contar las historias de los mayores y, por lo visto, las contaba muy bien. Con siete u ocho años, me concentraba de tal manera para contar las historias -es difícil explicar esto- que sabía que era tan fiel la repetición del espíritu de lo que me contaron que estaba moviendo la mano con la misma energía de quien me contó la historia. Y yo con diez o doce años pensé: «Si consigo hacer lo que hago con la mano con todo el cuerpo tiene que ser una pasada». Y ahí sigo, buscando cómo hacerlo con todo el cuerpo.