La distancia

Aurelio Loureiro

CULTURA

04 nov 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Ayer, día 3 de noviembre del 2009, escuchamos una frase que ya no esperábamos oír, que no queríamos oír y que, quizá porque él nos pareciera eterno, nos produjo sorpresa: «Francisco Ayala ha muerto».

103 años dan para mucho y a fe que él los empleó a fondo, tanto en lo vital -una experiencia colmada de exilios, renuncias, regresos, idas y venidas- como en lo literario. Una voz silenciosa que nunca alzó el grito y quizá por eso consiguió reunir una obra prolífica en extensión, géneros, calidad y honores desde aquella Tragicomedia de un hombre sin espíritu en 1925, cuando aún no sonaban los tambores de guerra que lo transportarían tan lejos y tan cerca, hasta la publicación de sus obras completas por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, muchas páginas, muchas vidas detrás de una labor incesante, callada, tímida pero explícita, hace poco, ya preparada para el instante definitivo. Sin embargo y quizá por eso, nos saben a poco esos 103 años, quizá esperábamos más, porque lo creíamos eterno.

El tiempo tiene estas contradicciones: cuanto más se apura, más vacío deja. Máxime cuando Ayala nunca se empeñó en ocupar el vacío que algún día -no tan presentido como real, elocuente al fin-, 3 de noviembre de otro siglo en su haber, iba a dejar.

A pesar de lo elocuente de su obra, tantas páginas de vida, imaginación, inteligencia y andanzas, Ayala siempre mantuvo la distancia, nunca se vanaglorió de sus éxitos, pasó por la vida viviendo, con la humildad de quien escribe para seguir haciéndolo, para alargar el tiempo, pues ya se sabe que el tiempo no soporta que le alcen la voz. Lo marcó el exilio, tantos años por culpa de unos tambores que aún resuenan en muchas cabezas, tantas renuncias que, a pesar de ser recompensadas, siempre quedarían fijadas en su rostro evasivo. Lo marcó el regreso y, con su regreso, nos marcó a todos los que amamos la literatura hecha desde la sinceridad del que vive a pesar de todo.

El tiempo nos lo quitó y nos lo devolvió y ahora nos lo quita de nuevo. Otro exilio, aunque esta vez con la misión cumplida de su obra. El tiempo tiene estas contradicciones: nos deja su recuerdo. Una vez más.

Misión cumplida, Francisco Ayala.