«Focus»: Mareando que es gerundio

CULTURA

La película de Will Smith y Margot Robbie cuenta con un guion que juega al nada-es-lo-que-parece y el consabido recurso al «Deus ex machina»

07 abr 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Eso de que te suban, te bajen, te lleven ahora por aquí y por allí, que un guion juegue al nada-es-lo-que-parece, y el consabido recurso al Deus ex machina, no diremos que está de más en el cine (a fin de cuentas, entretenimiento?). Pero todo tiene un límite y alcanzar el grado del mareo puede dar al traste con una ficción, sea narrativa, teatral o cinematográfica. Como en Focus, proyecto en el que Will Smith se implicó a tope, quizá consciente de que sus dotes dramáticas son limitadas, por mucho que funcionen en la comedia y por mucha cara seria que se gaste.

Que sea la estrella y que chupe plano al menos en un 80 % quizá sea un peaje de cara a sus nostálgicos fans del principado de Bel Air, pero aquella sitcom queda ya muy atrás y es hora de enderezar la proa de su carrera. A los señores Ficarra y Requa, también guionistas y debutantes con la apreciable Phillip Morris, ¡te quiero! (2009), se les nota influidos por la memorable producción argentina Nueve reinas (Fabian Bielinsky, 2000), aunque tal cosa no se recoja en los créditos. Incluso puede que la elección de Buenos Aires para la segunda mitad de la trama sea un homenaje implícito al filme que protagonizó en su día Ricardo Darín.

Pero Focus tiene otro problema: su indefinición. Aun admitiendo que el mestizaje de géneros va con el cine actual, le puede ocurrir como al bizcocho: que o te sale esponjoso o te sale apelmazado? Optaron por lo último. Aunque el argumento se sostiene sobre un hilo sentimental, arranca como una de estafadores en busca del golpe perfecto para sobrecargarse en la última hora con el rollito que se traen Smith y la australiana Robbie. La cámara les cree, pero el perverso juego de las apariencias acaba por sacarte de la película para implorar que se enciendan las luces de la sala. Es sintomático que el mercado local les haya dado la espalda (costó 50 millones y en poco más de un mes recogió 51 brutos, con lo cual descontado el cacho de los exhibidores, ya me dirán?). Con todo, hay un momento de gran cine: la secuencia de la apuesta que transcurre en el estadio es un prodigio de tensión dramática. Pero, a esas alturas, ni una fuerte dosis de jengibre habría solucionado ya tanto mareo, con su minuto de oro en la secuencia final. Puro delirio.