En un divertido acto de presciencia, La 2 tenía programada ayer la emisión de la adaptación cinematográfica de La verdad sobre el caso Savolta. Una coincidencia perfecta -casi literaria- para celebrar un premio, el Cervantes, que recompensa la visión y el tesón de una carrera que se inició precisamente con esa novela en 1975. Claro que entonces, con Franco aún vivo y la censura bien activa, tuvo que cambiar su título original, Los soldados de Cataluña, por el que ha sido conocida. Un «consejo» de los censores, que carecían del sentido de la anticipación: «Novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza [...] Lo típico de las novelas pésimas escritas por escritores que no saben escribir».
El libro gozaría de un éxito inmediato, pero, para ser justos con el censor, cogió con el pie cambiado a más de uno: con ese juego de espejos que era la mezcla de textos de las más diversas procedencias, con su capacidad para pasar del cultismo a lo vulgar y viceversa, con su vindicación de la narración popular, la aventura, el misterio, Mendoza clausuraba una forma de entender la literatura -el realismo de tintes ideológicos- hasta entonces dominante y la reemplazaba por una clara vocación: la del gozo lector. Y, en otra coincidencia -casi perfecta-, sintonizó con lo que buscaba el público en las novelas en la recién reinstaurada democracia.
Mendoza había aportado también una contribución clave a la «gran novela de Barcelona», que complementaría con su genial La ciudad de los prodigios. Ambas obras son los hitos de una carrera que ha alternado entre lo que muchos consideran títulos mayores -habría que añadir La isla inaudita y El año del diluvio- con otros menores, pero que son los que más popularidad le han granjeado: Sin noticias de Gurb y la serie iniciada con El misterio de la cripta embrujada. Sin juzgar la calidad individual de cada libro, esta distinción evidencia que al humor se le siguen atribuyendo, injustamente, escasas ambiciones. Pero, de una forma u otra abrió camino. Félix de Azúa lo equiparó al cometa Halley: «No venía de ningún lugar conocido ni se sabía adónde se dirigía, pero marcaba una dirección».