Dos en uno: guion y espectáculo

CULTURA

Si «La guerra del planeta de los simios» no alcanza la obra maestra es por el peso de sus dos entregas precedentes, que limitan su capacidad de sorpresa y restringen la emoción

16 jul 2017 . Actualizado a las 17:44 h.

Podemos parafrasear a aquel asesor de Clinton en la campaña de 1992, «¡Es el guion, estúpido!», porque el libreto firmado por el director Matt Reeves, junto a Mark Bomback, a partir de los personajes creados por Pierre Boulle (novela distópica publicada en 1963), es un buen ejemplo de texto redondeado al que acompaña una factura irreprochable y un honesto sentido del espectáculo. Es el perfecto colofón a una franquicia recuperada en el 2011 por la Fox, en otro intento por revitalizar uno de sus clásicos -en el 2001 Tim Burton pisó una cáscara de plátano con su versión- ofreciendo una trilogía bien cerrada con La guerra del planeta de los simios, sin duda uno de los mejores made in Hollywood del presente año. Al margen de la colisión que humanos y simios se traen por su supervivencia, con las consabidas píldoras morales, políticas y sociológicas, hay aquí un claro intento de recuperar aquel espíritu de cine setentero, tanto en tono como en aura, que se ve reforzado por otras lecturas en clave de género.

Si una vez más Andy Serkis, se come la pantalla con su penetrante mirada en la piel del simio César, no lo logra menos el enfoque narrativo y formal asumido por Matt Reeves, en su mejor película -cuando el chispa de J.J. Abrams le confió Monstruoso en el 2008, algo ya intuía-, introduciendo junto al elemento fantástico, ingredientes de aventuras, de drama, bélicos, unas pizcas de catástrofe y una muy directa referencia a la coppoliana Apocalypse Now, con el personaje del Coronel encarnado por el siempre eficiente Woody Harrelson, un consanguíneo del memorable Kurtz de Marlon Brando. Y un modo de narrar sobrio, eficiente, sin malabares ni estruendos. También con la nada desdeñable virtud de poner en valor la inteligencia del espectador, sin necesidad de darle todo masticado o simplificándolo al nivel palomitero. Si no alcanza la obra maestra es por el peso de sus dos entregas precedentes, que limitan su capacidad de sorpresa y restringen la emoción. Sabemos lo que vamos a ver, sí, pero Reeves consigue transmitirnos que diversión y rigor son conceptos compatibles en esto del cine.