María Victoria Vieiro Aller. 65 años. A Coruña. Maestra jubilada
21 ago 2018 . Actualizado a las 05:00 h.Aquella primavera había llovido inusualmente. Las nubes reventaron sobre las montañas durante más de cuarenta días y cuarenta noches. Andrés miraba los socalcos con preocupación: ¿aguantarían las uvas las embestidas de la lluvia una y otra vez? El agua a destiempo era fatal para su maduración (sobre todo para el dulzor típico de la variedad que él cultivaba). ¡Tanto tiempo y tanto trabajo en reflotar los viñedos que habían pertenecido a sus antepasados...!
Había nacido y crecido en Valladolid a donde su abuelo se fue a trabajar con apenas dieciocho años, pero siempre le había tirado el terruño familiar. ¡Qué hermoso era el sur de la provincia de Lugo, donde el Miño se lanzaba al encuentro del Sil entre montes salpicados de iglesias románicas y ladera cubiertas de viñas! Cuando el estrés de su trabajo en una compañía financiera acabó por vencerlo decidió trabajar aquellas tierras abandonadas. Soportó dos años de ímprobos esfuerzos para hacerlas productivas y ahora iba a perderse la cosecha que al fin empezaba a coger el característico color morado de la Ribera Sacra.
Apoyado sobre unas rocas en un repecho del bancal más bajo vio aparecer una de las típicas embarcaciones que junto a los cestos de los vendimiadores sujetos por arneses eran el medio de transporte de las uvas. Era su amigo Luis, que le gritó haciendo bocina con las manos:
-Acabouse a choiva, os meteorólogos prognostican bo tempo para o que queda de primavera e un verán caloroso. Ánimo Andrés!