Pilar Alonso López. 55 años. A Coruña. Funcionaria
29 ago 2018 . Actualizado a las 05:00 h.Me lo soltó de sopetón:
-¿Qué fue de aquella mujer sonriente, simpática, positiva y siempre de buen humor que conocí hace unos meses?
(Mariló es así. Así de franca, de imprudente, de inoportuna, de alocada, de histriónica, de encantadora… No hay palabra ni expresión que la defina con exactitud. Pero sí hay algo especial que solo consigue ella: sabe sacarme de quicio sin necesidad de esforzarse. Y a veces por el simple hecho de que suele tener la razón)
No le respondí. ¿Para qué? Ella no escucha. Y no ignora que eso me exaspera. E intenta controlarlo, pero es totalmente incapaz. Habla y habla, ríe y ríe, y salta de un tema a otro, y siempre en positivo. Y sin quejarse, aunque no le faltan los motivos. Pero vive en su mundo, que ha decorado con colorines, flores y alegrías.
No recordé su pregunta hasta dos días después, cuando apareció en forma de martillo neumático intentando horadar mi cabeza. Comprendí que aquellas casi dos horas escuchándola, sin apenas poder pronunciar palabra, no habían sino en vano. Había sabido antes que yo misma que algo no funcionaba en mi vida. Y era cierto: me encontraba cansada, harta, desesperanzada, hastiada… y enfadada con el mundo entero… Pero, por encima de todo, agobiada con el dolor que aparecía sin saber de dónde, y se instalaba en mi cuerpo para quedarse.
Decidí remediarlo de inmediato, así que preparé una pequeña maleta y me marché al único lugar en el que sabía que nadie me iba a encontrar, y del que ya nunca podría volver. Ni siquiera me despedí de Mariló...