Rosario Barros Peña. Pensionista. A Coruña
30 ago 2018 . Actualizado a las 05:00 h.Había cambiado. El paisaje había cambiado, pero el mar era el mismo. Los barcos no. Las lanchas de colores vistosos y nombres de mujer se habían convertido en pequeños yates de estiradas velas. Ya no había que remar. Los motores lo hacían todo, pero también resultaban ruidosos y ocultaban el chapoteo y las voces de barco a barco que ponían música a las mañanas de domingo. La iglesia era la misma y la campana sonaba a la hora de la misa, pero solamente movía a unas cuantas mujeres a subir la cuesta. Mujeres que ya no ocultaban su pelo bajo un pañuelo y que comentaban, seguramente, el cotilleo de algún programa de TV de la noche anterior, en lugar de la última novedad oída en el mercado.
Habían cambiado las personas. Llevaba cinco días en el pueblo y no se había encontrado con ningún conocido. En lugar de la antigua taberna había una deslumbrante cafetería cuya terraza estaba ocupada por jóvenes bulliciosos y alguna pareja con gesto aburrido que parecía buscar en el horizonte el reflejo de alguna ilusión perdida. No había chiquillos corriendo tras un balón, ni hombres sesudos enfrascados en sus libros o intentando seguir el vuelo de una gaviota para predecir el tiempo del día siguiente.
Todo era distinto. Todo menos él. Sonreía. No sabía por qué, pero sonreía. Había perdido el pelo y su dentadura se conservaba gracias a algún que otro implante. Su economía había sufrido por culpa de aquello de la burbuja, pero había llegado allí, no viajando en primera, pero allí estaba.
Venía buscando un paisaje antiguo que ya no existía y unos vecinos que no encontraba, pero sonreía mientras el mar cambiaba de color con los últimos rayos del sol. Porque los que sí estaban, inamovibles, intactos, tan frescos como antaño eran sus recuerdos. Se estremeció al pensarlo. Y si ellos también... Pero no. Allí seguían estando, filtrados por un presente vivo y arropados por los años.
Sonreía. Seguía sonriendo mientras el sol, el mismo que el de su infancia, se sumergía en el horizonte conocido. Como entonces.