Pardo Bazán-Galdós, relato epistolar de un vínculo amoroso e intelectual

La USC edita 98 cartas de la escritora gallega que narran 32 años de relación entre ambos escritores en una investigación de las profesoras Ermitas Penas y Marisa Sotelo

Emilia Pardo Bazán (A Coruña, 1851-Madrid, 1921) y Benito Pérez Galdós (Las Palmas, 1843-Madrid, 1920)
Emilia Pardo Bazán (A Coruña, 1851-Madrid, 1921) y Benito Pérez Galdós (Las Palmas, 1843-Madrid, 1920)

Redacción / La Voz

A falta de que afloren al fin esas ochenta de las cartas que Benito Pérez Galdós escribió a Emilia Pardo Bazán y que el librero anticuario Guillermo Blázquez, de la Asociación de la Cuesta de Moyano de Madrid, aseguró recientemente que ha visto en una biblioteca particular, el lector debe conformarse con las que se conservan y han visto la luz de las que de puño y letra de la condesa salieron hacia el domicilio del escritor canario. Y no es poca cosa, un tesoro, documental y literario, que ahora ordena y publica la Universidade de Santiago (USC) de la mano de las profesoras Ermitas Penas y Marisa Sotelo.

Son 98 cartas -lo que amplía la edición que prepararon en el 2013 Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández para Turner en Miquiño mío- que suponen una hermosa crónica del fortísimo vínculo amoroso e intelectual que mantuvieron durante al menos 32 años ambos autores, los más importantes de las letras castellanas en el siglo XIX. Un maravilloso testimonio de la desinhibición sentimental -mayor aun por parte de la correspondiente gallega-, la inteligencia y, más allá del respeto, la absoluta franqueza e igualdad con que mutuamente se trataron. Y de la felicidad y el regocijo que les causaba conservar su vínculo en la intimidad y el más estricto secreto.

En una de las misivas, de abril de 1889, como respondiendo a algún tipo de reproche blando a sus «picardías», Pardo Bazán reconviene a su «ratonciño»: «Lo que debe constar y lo que no se escapa a tu inteligencia es que nada hay de humillante, para ti, en lo ocurrido. Bien te alcanza la filosofía y la razón para comprender que a nadie humilla lo que hace otro, y que solo las acciones de uno mismo honran o avergüenzan. Máxime aquí, en que no hay ni que rendir tributo a las preocupaciones de la gente, que ignora el lazo que nos une. Si el público supiese que tú y yo [dibujo de dos manos con los dedos doblados y los índices enfrentados, sin llegar a tocarse]... vamos, entonces aún se podía compaginar eso de las humillaciones; pero el público, gracias a tu maquiavelismo, está hecho un papanatas, así que nada de lo malo que yo cometa refluye en desdoro tuyo. Me basta haber lastimado tu corazoncito sin que además tenga sobre mí el remordimiento de haber dado ocasión a que ningún estúpido se permita reírse de ti».

En la misma carta, Pardo Bazán disculpa una infidelidad que cometió con -entonces un joven, apuesto y culto- Lázaro Galdiano y admite su traición para objetar: «Ante la moral oficial no tengo defensa, pero tú y yo se me figura que vamos un poco para nihilistas en eso». Después le agradece el perdón, admite que la ha reconciliado consigo misma y que todo ello ha reavivado su amor: «Aquella pasión que yo creía amortiguada se ha revelado como la pasión debe ser, viva, ardiente y hasta absurda, divinamente absurda».

Ya hacia el final, la escritora bromea con que mal admitiría una infidelidad de Galdós, pero que peor sería que él encontrase otra amiga espiritual a quien contar los argumentos de sus novelas. Termina expresándole todo su cariño y advirtiendo: «En cuanto yo te coja, no queda rastro del gran hombre».

El libro Epistolario de Emilia Pardo Bazán a Benito Pérez Galdós incorpora como prólogo un amplio ensayo de Penas y Sotelo que contextualiza la correspondencia con sus vidas, viajes, visitas, relaciones, producción literaria... tejiendo una esclarecedora red biográfica.

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