Un nuevo reino sobre la faz de la tierra

CULTURA

Álvaro Ballesteros

08 nov 2023 . Actualizado a las 14:28 h.

Hay que reconocer que, si uno ama de verdad la literatura, resulta difícil no conmoverse al saber que el Premio Cervantes se le ha concedido a Luis Mateo Díez. Todos estamos en deuda, bien lo sabe Dios, con Cervantes («ese viejo amigo», como Borges diría); pero también lo estamos con Luis Mateo, que es uno de los más grandes escritores europeos vivos, un autor al que hoy solo pueden compararse narradores como Pierre Michon, Antonio Lobo Antunes o Claudio Magris.

Basta con adentrarse en cualquiera de las páginas de El reino de Celama, ese prodigio que conforman las novelas El espíritu del páramo, La ruina del cielo y El oscurecer, para ver hasta qué punto es cierto que el escritor leonés, nacido en Villablino -lugar, todo sea dicho de paso, cuyo nombre muy bien podría haber creado él mismo, y al que ahora todos deberíamos ir en peregrinación-, ha hecho más grande el mundo, puesto que ha creado, con un aliento casi bíblico, lo que no había sobre la faz de la tierra.

«Este es un premio que llega tarde», me decía hace un instante, por teléfono, uno de los más brillantes críticos literarios de nuestro país. Bueno, tal vez sea así. Es algo que -me consta- mucha gente piensa. Pero igual de cierto que eso (que el Cervantes se le debería haber dado hace mucho tiempo), es que ese reconocimiento, por más que nos emocione, no cambia nada. Porque Luis Mateo Díez ya era, sin ese galardón (en el fondo los premios, a los libros, no les cambian ni una sola coma), uno de los más grandes autores que ha dado la lengua castellana. Y así será para siempre. Incluso si no llega a recibir el Nobel, el nórdico premio que concede cada año la Academia Sueca y que él, a diferencia de otros, merece por lo que ha escrito: por la obra que le dejará, como legado, a la eternidad.