El idilio del Guggenheim y el arte pop, dos historias paralelas que continúan
CULTURA

El museo bilbaíno inaugura este viernes la exposición «Signos y objetos»
16 feb 2024 . Actualizado a las 05:00 h.Buena parte de los movimientos artísticos de la historia han surgidos como una ruptura con lo establecido —aquello de matar al padre—, y el pop art no es una excepción, salvo quizá por la audacia de la quiebra que plantea (apenas bebe del dadaísmo). Nace como una crítica a la solemnidad imperante en la creación posterior a la Segunda Guerra Mundial y en particular al expresionismo abstracto, y su falta de realismo, pero también trata de poner en jaque esa idea milenaria de que el arte se fundamenta en las habilidades manuales del artista. Su apuesta viaja hacia la legitimación de la cultura popular —por la doble vía de la ironía mordaz y de la celebración no solo frívola—, en una época en que —como anunció tiempo atrás Walter Benjamin— se imponían los mecanismos de reproductibilidad técnica, aunque él hablaba básicamente del mundo de la fotografía y el cine. El arte pop viene a redundar en esa filosofía haciéndola extensiva a fuentes entonces consideradas espurias como el periodismo, el cómic, la publicidad y en general todo lo que tiene que ver con los medios de comunicación, como subrayan Lauren Hinkson y Joan Young, comisarias llegadas del Solomon R. Guggenheim Museum y responsables del diseño de la exposición Signos y objetos. Arte pop de la Colección Guggenheim, que este viernes se inaugura en la sede de Bilbao gracias al patrocinio de BBK.

El proyecto quiere ser de algún modo una evocación —y un homenaje— de la muestra neoyorquina Six Painters and the Object que en 1963 organizó el Solomon R. Guggenheim Museum y que supuso la validez institucional de un movimiento artístico que había dado sus primeros pasos sin reconocimiento en Inglaterra ya en los años 50. Aquella exposición inició un idilio entre el museo y el arte pop que ha seguido hasta hoy, y que refleja Signos y objetos, confeccionada con los relevantes fondos de la fundación neoyorquina y del propio museo vasco.

La frialdad y la distancia impersonal que marcan las técnicas mecánicas suponen un ataque a lo que se tiene por «arte elevado» que decidían la expresión gestual y la libertad en la pincelada de los expresionistas abstractos de la generación anterior —véase Jackson Pollock o Willem de Kooning—, una crítica que subraya la utilización de materiales de desecho. Esta relativización por la vía del humor —que de paso ataca la sociedad de consumo y el comportamiento de la masa— está muy presente en el relato de estas cuarenta obras en las que están representadas las figuras más icónicas, como Claes Oldenburg, Lichtenstein, Rauschenberg, Richard Hamilton y Warhol, pero también propuestas contemporáneas como las de Lucía Hierro, José Dávila, Josephine Meckseper y Maurizio Cattelan.

El variado espectro en que se mueve el arte pop queda ejemplificado en el tránsito que va de la serie de los humildes pájaros de cartón (1971) de Robert Rauschenberg a la monumental pieza colgante Volante suave, que Oldenburg concibió en 1995 en colaboración con su esposa, la escultora Coosje van Bruggen.

¿Se suicidó el Pinocho de Walt Disney o lo asesinaron?
Una de las piezas más llamativas de la exposición bilbaína es Daddy, daddy (2008) del artista italiano Maurizio Cattelan (Padua, 1960), sí, famoso por la polémica que en el 2019 desató su obra Comediante, compuesta por una banana pegada a la pared con un trozo de cinta adhesiva —dio la campanada en la feria Art Basel de Miami—, que otro creador y performer, David Datuna, arrancó para comérsela, intervención a la que bautizó humorísticamente como Artista hambriento. En Daddy, daddy, lo que plantea Cattelan es la muerte de Pinocho —o la versión debida a Walt Disney (1940)—, que aparece flotando boca abajo en una piscina y deja en el aire la duda sobre si se suicidó, se precipitó desde el balcón accidentalmente o lo asesinaron empujándolo. Es más, las comisarias Lauren Hinkson y Joan Young aconsejan subirse a la terraza superior para contemplar la instalación desde arriba y poder sentir lo que sintió antes de caer el personaje —trágico— creado originalmente por el escritor Carlo Collodi. En este sentido, el título de la pieza alude a las últimas palabras que Cristo pronunció en la cruz, «Padre, padre», rogando por su salvación.