El espíritu libertario del Festival de Ortigueira

a. cuba ORTIGUEIRA / LA VOZ

CULTURA

La «Gran Vía». Así han bautizado en Ortigueira la pasarela de madera que va del pinar de Morouzos a la playa, con un desfile incesante de festivaleros, rodeada de puestos de venta de casi todo. Hay unos 70, de ropa, bisutería de materiales diversos, comida vegana, churrasco, chuches, panqueques, chupitos de ron o cerveza.
La «Gran Vía». Así han bautizado en Ortigueira la pasarela de madera que va del pinar de Morouzos a la playa, con un desfile incesante de festivaleros, rodeada de puestos de venta de casi todo. Hay unos 70, de ropa, bisutería de materiales diversos, comida vegana, churrasco, chuches, panqueques, chupitos de ron o cerveza. Kiko Delgado

Algo del ansia de libertad de los inicios se percibe en ese pequeño universo que se crea en el pinar y la playa de Morouzos, donde discurre el festival paralelo, del que muchos no salen desde el primer hasta el último día, ajenos a los conciertos

11 jul 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Marías, gaiteiro y uno de los fundadores del Mundo Celta, en 1978, repite que «a boa música e a boa xente é o que fai grande ao Festival de Ortigueira». A Pablo, pamplonica, le cautivó «el espíritu de comunidad que se genera aquí; es una maravilla, por el ambiente, la energía que se respira, el respeto, la seguridad... te sientes cómodo». Algo del ansia de libertad de los inicios se percibe en ese pequeño universo que se crea en el pinar y la playa de Morouzos, donde discurre el festival paralelo, del que muchos no salen desde el primer hasta el último día, ajenos a los conciertos.

«La música nos interesa, claro, pero a veces no vamos por pereza y por lo bien que se está aquí», apunta Laura, coruñesa. Tiene algo de gran comuna hippy, aunque a veces parezca un enorme campamento sin pizca de espíritu contracultural. «Nos atrae el entorno, el paisaje, el norte, el rollo celta (una música que te hace moverte)... y que sea gratis es un mega plus», dice Marta, estudiante. «La gente se trata muy bien de forma desinteresada, no para ligar... no se va a eso, al menos no de forma tan directa como en otros festivales, es más conocer gente», apunta su amiga Rebeca, trabajadora social. Completa la pandilla Lucía, ingeniera informática, también capitalina.

El público más veterano gozó con Gwendal en la velada inaugural. La de este viernes será la gran noche de los locales, con la Escola de Gaitas, querida y admirada por todos, sin excepción; y también con Böj, la banda ferrolana que ya se siente de Ortigueira. El festival fluye, como la riada de folkies que peregrinan de la villa al pinar y del pinar a la playa, ajenos a las prohibiciones (cocinas y bombonas de gas, altavoces, megafonía, planchas de cocina... o la venta ambulante, salvo en los puestos autorizados) y a las amenazas de sanción económica, de 500 a 3.000 euros, aunque un cartelón gigante que casi nadie ve lo recuerda a la entrada. «Por seguridad», explica el Concello, organizador.

En la «Gran Vía», como han bautizado la pasarela que conduce al arenal, no cabe un punto de venta más, entre comida vegana, churrasco, tortillas, panqueques, ropa, bisutería, cervezas o chupitos de ron. Naím, posiblemente el festivalero más precoz, con solo dos años, camina de la mano de su madre, Elisa, incondicional del Mundo Celta, igual que su marido. «Es una tradición de muchísimos años, salvo cuando estuve embarazada; la gente es fantástica y la playa impresionante. Ahora venimos con los niños (de diez, cuatro y dos años)», explica esta viguesa. No se pierden los conciertos ni las actividades del Pequefestival. Hay cantera.