
El trabajo del escritor estadounidense Daniel Silva es un honroso y envidiable ejemplo de lo que debe ser un buen relato de entretenimiento y evasión
19 ago 2025 . Actualizado a las 05:00 h.A un ritmo de libro por año, Daniel Silva (Kalamazoo, Míchigan, Estados Unidos, 1960) ha servido ya 25 novelas protagonizadas por su agente de inteligencia Gabriel Allon, cuyas andanzas se iniciaron allá por el 2000. No todas están editadas en castellano, desgraciadamente. No será porque Israel no necesite hoy con urgencia ante el mundo un embajador clemente, generoso, educado y humanista como es esta leyenda del espionaje del implacable Mossad. Y es que además el trabajo de Silva es un honroso y envidiable ejemplo de lo que debe ser un buen relato de entretenimiento y evasión, más allá de pasajes hiperbólicos que el lector debe tratar con una cierta dosis de irónico escepticismo, una actitud que requieren a menudo las atmósferas del cómic y las novelas de espías. En este caso, no solo porque Allon sea una máquina de matar —si la situación lo exige— y un eficacísimo agente de campo sino también porque a este devoto marido y amante de su esposa (la exquisita Chiara) lo acompañan siempre como oportunas colaboradoras elegantes, ágiles e inteligentísimas mujeres. Vamos, casi una imagen especular pero humorísticamente deformada de James Bond. Muerte en Cornualles es la entrega número 24 de las andanzas de este espía retirado devenido en restaurador de arte cuya labor es aclamada en todo el orbe. Desde aquellas hermosas tierras inglesas, donde él ha hallado refugio en tiempos aciagos, lo reclama un viejo amigo policía —Timothy Peel— para que lo ayude a desentrañar una muerte que podría estar relacionada con un asesino en serie apodado el Leñador. La investigación acabará tomando dimensiones internacionales —circunstancia habitual en Silva— y enredándose en el complejo y peligroso universo del mercado arte, las subastas, las obras robadas por los nazis, los paraísos fiscales y las empresas offshore. Con todo puede Allon.