FÚTBOL
27 mar 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Paciente. Callado. Trabajador. Los calificativos no pertenecen a ningún monje. Son algunas de las características que han llevado a renovar al entrenador del Real Madrid, Vicente del Bosque, por dos temporadas más (hasta junio del 2003). El salmantino, que recibirá 600 millones de pesetas (3,7 millones de euros) por ambas, se ha convertido en el catalizador de una nueva forma de dirigir el primer equipo blanco: la que perdura. El acuerdo supone el abandono de una práctica habitual en la Casa Blanca. «Queremos romper con la provisionalidad que ha marcado al club durante la última década», afirmó el director general deportivo Jorge Valdano. Y es que ahora nadie desea recordar el fugaz paso por el banquillo del Bernabéu de Arsenio, Heynckes o Hiddink. El Madrid completa su confianza en su más reciente apagafuegos. Después de Molowny, la figura de Del Bosque -que entonces coordinaba las categorías inferiores del club- siempre apareció como solución de emergencia. En 1994 sustituyó a Floro, en 1996 a Valdano y en 1999 a Toshack. La conquista de la octava Copa de Europa rubricó su continuidad. El anuncio del acuerdo, sin embargo, apenas ocupó titulares, pues se anunció el día antes a la final. En esta ocasión, la noticia, en competencia con un España-Francia, vuelve a evitar las portadas. El salmantino es diferente. Vicente del Bosque lleva 33 de sus 51 años en el Madrid. Llegó en 1968, todavía como juvenil. Hasta su retirada en 1984, ganó cinco ligas y cuatro copas, aunque su punto culminante lo celebró cuando perdió la final de la Copa de Europa ante el Liverpool. Era un equipo que, con la batuta del centro del campo en sus manos, encandilaba gracias a una plantilla formada por jugadores de la categorías inferiores blancas. Una base que creció en el silencio de su veterana mirada impenatrable y una voz sin apenas modulaciones. La misma que afirmó: «Lo que debe hacer un entrenador es perjudicar al equipo lo menos posible».