La singladura de Andre Agassi en el Open australiano constituye el más claro ejemplo de longevidad tenística en primerísimo plano. A sus 32 años (cumplirá 33 en abril) parece vivir una segunda juventud. Quienes le conocen aseguran que todo se lo debe a su esposa, la excampeona Steffi Gra, convertida en su mejor consejera. El caso es que el de Las Vegas alcanza su cuarta final, apoyado en la solvencia de unos recursos irresistibles para los rivales. En la semifinal de ayer prácticamente avasalló al sudafricano Wayne Ferreira, el verdugo de Juan Carlos Ferrero. En realidad Agassi le tenía comida la moral a su adversario, porque llegaban al undécimo enfrentamiento y nunca había ganado el de Johannesburgo. En esta ocasión Agassi sólo necesitó una hora y veintiocho minutos para vencer por 6-2, 6-2 y 6-3. «Sigo encontrándome en perfectas condiciones y con una tremenda ilusión», expuso un Agassi persuadido de que Andy Roddick tiene más posibilidades que el alemán Schuettler de ser su enemigo en la finalísima. Agassi sólo cometió una docena de errores no forzados y, a cambio, encadenó hasta treinta golpes ganadores. El americano sabe que por su edad debe resolver cuanto antes sus partidos y así se explica que, forzando la máquina, sólo haya cedido un set frente a Nicolás Escudé. En realidad ha sido muy superior a todos sus rivales: Brian Vahaly, Hyung-Taik Lee, el citado Escudé, Guillermo Coria, Sebastien Grosjean y Wayne Ferreira. Con Roddick, su presumible contrario, jugó tres veces y ganó siempre.