A los 41 años y después de 19 temporadas en la NBA, siempre en Utah, el mejor pasador de la historia del baloncesto abandona las canchas en una austera rueda de prensa
04 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Sin ruido. Lejos de los focos y en una sencilla rueda de prensa en el vestuario del Delta Center de Salt Lake City - su casa durante los últimos 19 años-, John Stockton (Spokane, Washington, 1962) puso el punto final a su carrera deportiva. Y sólo una concesión a la emotividad cuando de los ojos del mejor base blanco de la historia brotaron unas cuantas lágrimas. «Pienso que estoy acabado como jugador», acertó a decir. El día antes, los Jazz habían caído en la primera ronda de los play off en Sacramento. Cinco minutos antes del final, una atronadora ovación de los más de veinte mil aficionados que abarrotaban el Arco Arena lo acompañó hasta el banquillo. ¿El final? «Ahora voy a volver a casa, hablaré con Sloan y con el propietario y ya veremos», dijo entonces. Al día siguiente decidió parar. Ni siquiera Karl Malone, su compañero durante 18 años, sabía nada. «Me enteré por la televisión -afirmó Malone-, lo quiero a muerte, pero ahora mismo le daría un buen empujón para que reaccionase». Socio de Malone Stockton fue elegido por los Jazz en el puesto 16 del draft de 1984, una sorprendente elección para un jugador blanco, de 185 centímetros y procedente de la ignota universidad de Gonzaga. Cuatro años después ya era el mejor pasador de la NBA y formaba con Malone un dúo letal. Dieciocho años repitiendo, una y otra vez, el pick and roll (bloqueo y continuación) más famoso de la historia del baloncesto. Driblar, pasar y jugar. S tockton para Malone , la frase más repetida por los speakers del Delta Center y el nombre de la empresa de la que ambos son socios. Sencillo, así era el juego del base que convirtió en un oficio el hacer felices a los demás -«una asistencia agrada a dos, al que pasa y al que recibe», decía Kukoc- y de esa forma pasará a la historia, con el récord de asistencias y robos de balón de la NBA. Recogido en la austera Salt Lake City, Stockton vivió alejado de la primera línea de fuego. Las caprichosas estrellas de los noventa huían de la capital de los mormones y de un equipo al que los grandes medios apenas prestaban atención. Sólo un par de esforzados, como Stockton y Malone, podían recalar en un equipo al que le tocó convivir con el glamur de los Lakers, el poderío de los Rockets de Olajuwon o la colección de figuras de los Blazers. El dúo mágico, el yunque y el martillo , planeó su venganza durante más de una década. La oportunidad llegó en 1997 y 1998, pero en ambas ocasiones el combo del renacido Jordan acabó con las esperanzas de ganar un título. A Stockton le queda el reconocimiento de ser el último base puro de la NBA y dos medallas de oro olímpicas, en 1992, con el primer Dream Team, y en 1996. ¿Volverá a coger un balón? «Mañana, en el jardín». Y se fue. Malone medita su futuro y el español Raúl López -ausente toda la temporada por lesión- maldice su infortunio: incluso John Stockton tenía fecha de caducidad.