Buscó un fútbol directo con el que evitó las contras del Atlético en un encuentro que fue un tostón para los espectadores debido a la pobreza del juego.
06 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.Carbones para todos y un tostón para el aficionado. Control y fútbol directo fueron las armas que esgrimió el Deportivo para evitar el contragolpe del Atlético, dormir el encuentro y dejar todo para Riazor, donde se resolverá esta tediosa eliminatoria de octavos de final de la Copa del Rey. Los coruñeses jugaron lo menos posible con el reloj y la incapacidad del rival como aliados para posponer la cuestión una semana. Los Reyes, a su paso, poco dejaron en Madrid. Al final, el planteamiento de Irureta no fue tan radical y las rotaciones se quedaron en una combinación de suplentes y titulares que dejó a Jaime y Djalma en el banquillo. Ante la presencia de Simeone y De los Santos en la medular rojiblanca, Irureta apostó por el mayor rodaje de Sergio, junto a Duscher y con la enésima reconversión de Fran a la mediapunta. El Atlético de Madrid se ha ido ensamblando con el paso de los partidos y poco tiene que ver ya con el que salió chamuscado de Riazor al comienzo de la Liga. Fiel a su estilo de siempre, los de Manzano han depurado su contraataque hasta niveles más que adecuados, amparados en la velocidad de Torres, Ibagaza o Novo. La clave del partido de Calderón la había anunciado Irureta el día anterior, cuando dijo que había que pensar también en el partido de vuelta. El objetivo era un buen resultado, dando descanso además a varios titulares. Y para conseguir ese buen resultado era esencial evitar la trampa del Atlético: la contra. El fútbol directo de Munúa, Andrade y Pablo Amo, que buscaron con balones largos a un solitario Tristán, evitaba precisamente esa posibilidad, porque la pelota estaba mucho tiempo cerca del área del Atlético. Por tanto, posesión en la medular, control y, ante cualquier presión del rival, balón atrás para que Munúa lo rifase en largo. Así, fútbol, poco. Brillo, el justo. Pero el riesgo en el Calderón se minimizaba por tener siempre el bloque bien armado y con el balón por delante. En el fondo, era decirle al Atlético: hay un partido de vuelta en Riazor y os toca asumir el riesgo. Y ahí, ciertamente, es donde los colchoneros enseñaron sus carencias. Por mucha mejoría que se les vea, los madrileños no funcionan todavía como un bloque sólido. Aunque han sentado las bases, siguen creando su peligro a balón parado, sobre todo con las incorporaciones de Lequi. Pero en ningún momento dieron muestras de poder abrir al Deportivo con claridad. Desde este planteamiento, el partido, que nació con cierta fuerza, se enfrió. Y del frío se pasó pronto al tostón, término que retrata una primera parte tediosa que retrata el encuentro y que beneficiaba claramente a los coruñeses. No fue un partido para destacar grandes aspectos de los jugadores con menos minutos, sencillamente porque el Dépor jugó acorazado y con la mente puesta en el encuentro de vuelta. Pablo Amo, Munitis y Amavisca aportaron su trabajo en un partido de oficio. Munúa estuvo más exigido y dejó ver de nuevo que es un portero con grandes cualidades. El guardameta es el futbolista que más acusa la inactividad, pues enseguida pierde la colocación. El uruguayo estuvo bastante centrado. Djalminha y Jaime entraron tras el descanso para cambiar precisamente la dinámica del juego directo. Al Atlético no le quedaba más remedio que arriesgar, y el temor a la contra se reducía. El panorama cambió algo, pero no demasiado. El Dépor siguió aferrado al control, sin exponer demasiado, y el conjunto local demostró muy pocas ideas a la hora de hacer daño a los coruñeses. Amavisca, en los minutos finales, tuvo el partido en un mano a mano con el portero