El orgullo de los Celtics ha vuelto. El equipo más laureado de la historia de la NBA ha puesto el punto final a una travesía del desierto de 21 años. El segundo peor equipo de la temporada pasada ha acabado la actual con el mejor balance, algo inédito en la historia de la NBA.
Desde la retirada de Larry Bird y el abandono del Boston Garden, los Celtics no levantaban cabeza. Tardaron en sobreponerse a las muertes de los dos jugadores (Len Bias y Reggie Lewis) llamados a devolver al equipo al primer plano, encararon un refrescante proyecto con Rick Pitino en el banquillo y una plantilla joven y explosiva y acumularon fracasos tan traumáticos como la severa derrota (4-0) frente a Indiana en el play de la campaña 2003-04.
El radical cambio de tendencia tiene un responsable: Danny Ainge, integrante de los Celtics que lideraba Bird. El que fue un hábil tirador en los Boston de los ochenta dio un golpe sobre la mesa el verano pasado. «Los nuevos Celtics se van a construir desde arriba», y comenzó la reconstrucción. Del fracaso de la campaña pasada solo quedan Paul Pierce, Rajon Rondo, Tony Allen, Kendrick Perkins, Leon Powe y Brian Scalabrine. La gran apuesta fue firmar a un par de estrellas con hambre de títulos: Kevin Garnett, ególatra y cansado de fracasar en los Timberwolves, y Ray Allen, un profesional inmaculado con una muñeca letal. De los 75 millones de dólares que Boston invierte en su plantilla, sus tres figuras (Pierce, Garnett y Allen) se llevan 56. Ellos forman el big three que ha encumbrado de nuevo al equipo.