Es lo que tiene la Copa del Rey. Que viene con sorpresa. El Real Madrid pierde con el Real Unión, el Villarreal con el Poli Ejido y el Barça aburre.
No era cuestión de dar lecciones gratis al nuevo técnico del enemigo, así que Guardiola lo cambió todo. Partido cerca de casa y rival justito; el entrenador del equipo récord pensó que para subir a Montjuich bastaba con tirar de figurantes. Puso a Pinto, que tuvo el mismo trabajo que Valdés: poco o ninguno. Metió a Martín Cáceres, para ver si se redimía de sus asistencias al rival en el partido contra el Atlético; y tampoco. El uruguayo, portento físico, intenta hacer eso que le piden de salir con el balón de la cueva, pero se aturulla casi siempre. Regaló dos pelotas al rival, una patada al aire y una volea que no alcanzó los tres metros de recorrido, en apenas veinte minutos.
Sylvinho sube la banda con más brío que Abidal, pero tapa mucho menos que el francés, así que a Martín Cáceres se le multiplicaron el trabajo y los errores. La defensa se completó con Puyol, que no daba abasto, y Márquez, que aguantó doce minutos antes de dejar su sitio a otro doble. Víctor Sánchez quiso hacer de Alves y hasta se atrevió a suplantarle en el lanzamiento de faltas. Cogió mucha carrerilla, agachó la cabeza y el balón acabó en la barrera. Por lo demás, intentó pasar desapercibido y lo logró.
En el centro del campo no estaba Xavi y esa es una ausencia especialmente delicada. A Keita y a Busquets les falta temple y algo de vista, y Gudjohnsen... es Gudjohnsen. Así que el Barça regaló la posesión -por primera vez estuvo por debajo del 50% al llegar al descanso-.
La tristeza de Bojan
Arriba no fueron mejor las cosas. A Hleb le tocaba lo más difícil: el papel de la Pulga. El bielorruso tiene regate, pero le cuesta un mundo coger velocidad. Desborda en frío y así es más difícil despegarse del rival. Apenas se asoció con Bojan, aunque en una pared, con taconazo al estilo Messi-Alves incluido, fabricaron lo poco bueno de la noche. Lo de Bojan, al que Guardiola no acaba de cogerle el punto, empieza a ser preocupante. Todo lo que empieza tiene muy buena pinta, pero acaba fatal: pases atrás demasiado cortos, paredes demasiado largas, tiros flojitos... Juega triste, le falta chispa y le sobran nervios.
Al estreno de Pochettino acudió una legión de figurantes, y el nuevo entrenador del Espanyol les sirvió todo lo que tenía. Un centro del campo de pierna fuerte, entregado a la destrucción, una defensa que se mostró mucho más sólida de lo habitual y Luis García, un incordio arriba, sobre todo para las salidas de Martín Cáceres, pero con escasísima ayuda.
Si acaso, los caracoleos de Nené, que intentó aprovechar la falta de tablas de Víctor Sánchez para inclinar el juego hacia la izquierda del ataque local. El brasileño regaló un par de fuegos de artificio en forma de taconazos y ruletas, pero no fue más allá.
El desgaste lo ponía el técnico argentino en la banda, sin parar de moverse. No va a ser fácil pillar al Espanyol en un renuncio. Pochettino, a grito pelado, mantuvo a los suyos en tensión, muy concentrados, incluso cuando Guardiola decidió que ya estaba bien de siesta.
Despertó tarde el Barça. Xavi y Messi apenas llegaron a la recta final del partido. Al centrocampista le alcanzó para poner la posesión final del lado visitante y a la Pulga para recibir una fea patada, con tarjeta amarilla, de parte de Beranger. El resto, en la vuelta.