Rafa Nadal es desde ayer todavía más número uno del mundo. No porque aumente su ventaja en el ránking, ni porque se apunte su decimotercer título de un Masters Series -ahora Masters 1.000- con el triunfo en Indian Wells. Sino porque con su incontestable triunfo sobre Andy Murray ajustó cuentas con uno de los rivales que le tenía tomada la medida. Ganó por un contundente 6-1 y 6-2 en una final extraña, sí, después de aguantar como una roca, con sangre fría en medio de un vendaval en el desierto californiano.
A un lado estaba Nadal, con un plan, a su ritmo. Agresivo, constante y con un tenis cada vez más variado. Impasible frente a los elementos y frente a un jugador especial, con el que tenía una cuenta pendiente. Un tenista que solo había perdido un partido en el 2009, cuando cayó contra un Fernando Verdasco en estado de gracia en Australia. Amargado Federer en todas las superficies, si había que buscar entre los jóvenes un rival que haga frente al español, Andy Murray era la alternativa. Por variedad de recursos, por mentalidad, por garra, por futuro. Encima le tenía tomada la medida al español. Le ganó en el último US Open, en el torneo de exhibición de Abu Dhabi, en Róterdam días después de su título de Australia...
Quizá también el viento ayudó a zarandear a Murray, 21 años, carácter irascible por momentos. Enfadado con el árbitro, con el aire, con todo. Vapuleado en el primer set, el escocés se lanzó a la desesperada a la red por momentos, para cambiar el guión de un partido que hasta parecía demasiado plácido para Nadal. Fue en vano. Y se marchó derrotado y machacado hora y pico después de que comenzase la final ante un rival que evitó riesgos y jugó con más inteligencia.
Número uno para rato
El triunfo de ayer en Indian Wells despeja otra incógnita para Nadal. Ganó, y ganó bien en uno de los torneos de más prestigio tras los cuatro grandes. Si Murray tampoco puede con él, hay número uno para rato. Quizá el mayor rival del español sea ese mismo físico asombroso que lo encumbró con solo 18 años. Un vistazo a su último año enseña una hoja de servicios asombrosa. Desde su título de abril en Montecarlo, encadena diez títulos y solo perdió siete partidos. Casi la mitad de las derrotas llegaron en condiciones extrañas de enorme desgaste físico y mental: en Roma frente a un Ferrero ya muy inferior; en el Masters Series de París en su último partido del año frente a Davydenko; y en Róterdam, hace un mes y medio, también tocado ante Murray.
En octubre pasado su cuerpo ya dijo basta, y se perdió el Master de Shanghai y la final de la Copa Davis. No era la primera vez. Con el tenis de su lado, el problema para Nadal podría ser la forma de dosificar los esfuerzos, de dar tregua a su físico hercúleo. Los continuos compromisos del número uno lo complicarán. Ahora le espera un maratón de compromisos. Esta semana, viaja a Miami para otra cita importante. Luego, encara una larga gira en la tierra batida.
«Es imposible tener un comienzo del año mejor, al empezar ganando el primer título del grand slam del año y el primer Masters Series», explicó Nadal. «En un día de tanto viento es fundamental no parar las piernas, matizó sobre su capacidad de adaptación a unas condiciones extremas.