Primero cayó Montecarlo, y ayer sucumbió Barcelona. La tiranía de Rafa Nadal sobre la tierra batida se repite por quinto año consecutivo. Los dos pentacampeonatos consolidan aún más si cabe su cartel de indiscutible favorito de cara a Roland Garros, donde también buscará su quinto título consecutivo. Antes tiene otras dos batallas que librar, la de Roma, y la de Madrid, salvo que renuncie a jugar en altura sobre el nivel del mar. La víctima en el trofeo Conde de Godó fue el alicantino David Ferrer, un rival más que digno que acabó perdiendo por 6-2 y 7-5 en la reedición de la final del año anterior.
En su quinto año triunfal, Nadal ofrece recursos que antes no utilizaba. En el primer set, ante un Ferrer irreverente con su derecha desde el fondo de la pista, probó a alternar su tenis machacón con alguna dejada de derecha. El recurso le funcionó porque ayudó a descolocar al alicantino, que combinó grandes golpes con errores absurdos y, sobre todo, jugó huérfano de servicio durante media final. Ese fue un pecado mortal ante un fenómeno que, a día de hoy, es lo más parecido a un tenista invencible sobre tierra batida.
De vuelta con el servicio
A medida que metió más primeros servicios, Ferrer volvió a meterse en una final de la que sale, en cierto modo, reforzado como uno de los pocos jugadores capaces de poner en apuros al gran señor de la tierra batida. Ferrer, también finalista este año en Dubái, llegó a mandar por 5-4 y estuvo a un par de puntos del set, con servicio de Nadal. Pero entonces reaccionó el número uno mundial para cerrar el partido sin excesivos apuros.
Nadal ganó el gran torneo español de siempre, eclipsado desde hace un tiempo por el Masters Series de Madrid, que esta vez, además, se celebra en tierra y tan solo unos días antes de Roland Garros. Pero la victoria en Barcelona -que este año dobló puntos y reparto en premios- también resulta especial porque llega en el club con el que tiene licencia.
El jugador mallorquín deja Barcelona sin ceder un solo set, ya una rutina, que habla de su insultante dominio. En el trofeo Conde de Godó fue despachando al portugués Frederico Gil (6-2, 6-2) en dieciseisavos de final, al belga Christophe Rochus (6-2, 6-0) en octavos y al ruso Nikolay Davydenko (6-3, 6-2) en semifinales, después de avanzar sin saltar a la pista en cuartos frente a un lesionado David Nalbandian.
El número uno mundial prolonga sus estratosféricos registros, sepultando récords históricos, como los penatacampeonatos en Mónaco y Barcelona. Ganó su vigésimo cuarto título en tierra, una superficie fetiche en la que solo perdió una final en toda su carrera, aquel duelo con Roger Federer hace un par de años en Hamburgo. En arcilla, encadena 130 partidos en los que solo sufrió dos derrotas.