La historia del Tour es la de sus duelos. La de los pulsos que saltan del asfalto a la memoria. Alberto Contador y Andy Schleck conviertieron la última edición de la ronda francesa en un mano a mano que redujo a un papel secundario al resto. Contador cumplirá 28 años en diciembre. Schleck tiene 25 desde el pasado junio. Esta grande boucle ha confirmado que su batalla es la del presente, pero que previsiblemente irá más allá. El español dijo que espera encontrarse a su rival en la carretera muchas veces.
En el horizonte no se ven nombres que puedan ensombrecer a los del madrileño y el luxemburgués. Y veteranos como Evans o Leipheimer parecen agotar su dinamita. El futuro a corto plazo se presenta como la lucha entre dos escaladores que intentan progresar en la crono. En esta última especialidad, a pesar del susto de Burdeos, Contador es mejor que su oponente. Pero el luxemburgués en este Tour estuvo a la altura del líder del Astana en la montaña. Schleck suma tres podios en grandes vueltas e intentará no convertirse en el Poulidor de Contador.
Ninguno de los dos ha atado su futuro. El ganador parece que está cerca de renovar con el Astana. Y se rumorea que Schleck puede ser el eje de un nuevo equipo luxemburgués.
Para muchos en este enfrentamiento no saltaron chispas porque fue edulcorado con la amistad y el llamado juego limpio, definido por Sastre como «una patraña de niñatos». El fair-play se introdujo cuando Contador y el pelotón esperaron a los Schleck tras una caída que los hubiera eliminado. Pero en el pavés, los Saxo Bank tiraron tras una montonera. Y Contador atacó Schleck cuando a este se le saltó la cadena en el Balés. Logró una renta de 39 segundos, los mismos con los que ganó el Tour. Después de este movimiento lícito, llegaron los abucheos y las justificaciones vanas. El campeón dijo que se había enterado de la avería en la meta. Esa noche filmó un vídeo pidiendo perdón. Fue el vaivén de un ciclista que en carrera funciona como Armstrong y al bajarse de la bicicleta prefiere parecerse a Indurain. Quizás empujado por la culpabilidad regaló a Schleck la victoria en el Tourmalet. El argumento fue que su amigo había tirado durante toda la ascensión. Pero no sirvió en la Vuelta 2008, cuando Leipheimer y él fueron a rueda de Ezequiel Mosquera en Fuentes de Invierno. Por eso algunos ciclistas bromean sobre la redacción de un libro de estilo que indique cómo y a quién atacar. Puede que en el siguiente duelo.