La Copa debería jugarse a estadio único. Siempre en San Mamés. No hay una grada en la que se viva con mayor intensidad esta competición. Ningún lugar capaz de obligar a 22 jugadores a sudar sin descanso durante 90 minutos. Recinto idóneo para hacer sufrir al Barça, intratable como visitante. Bilbao tiene la suerte de contar con un escenario inigualable y el premio son partidos como el de ayer. De primera parte espesa y segundo tiempo para enmarcar por motivos más vinculados a la emoción que a la floritura. No pudo encontrar Abidal un césped mejor sobre el que estrenarse como culé. El primer gol del francés con la zamarra blaugrana valió por un pase a cuartos para los suyos. Desenmarañó un choque áspero, un dolor de cabeza para Guardiola.
Las rotaciones del técnico culé le dieron una pequeña alegría a Caparrós. Entendió el jefe del Barça que en San Mamés no bastaba con el equipo B y Bojan lo pagó sentado en el banquillo. Sin embargo, sí hubo sitio entre los titulares para Keita, que desplazó a Iniesta para disfrute del Athletic. Sin el de Fuentealbilla, Xavi quedó en inferioridad frente a Javi Martínez y Gurpegi, que perturbaron cada inicio de jugada visitante. Busquets se concentró en tareas destructivas, obligando a Messi y a Pedro a buscar balones lejos del área bilbaína. Los de casa tenían éxito en su misión: el rival acumulaba posesión en su propio campo sin poner en peligro a Iraizoz.
El mayor riesgo para la portería local en toda la primera parte se originó en una de las escasas carreras de la versión comedida de Alves, autor de un gran centro que Villa cazó al vuelo. El meta vasco puso reflejos y salvó el tanto de un manotazo.
Pinto no tuvo mucho más trabajo que su colega. De hecho, Susaeta envió a la grada la ocasión más clara de los suyos antes del descanso. Un balón que Llorente dejó pasar con inteligencia. El ariete rojiblanco no pudo explotar ayer la ausencia de Puyol, con Piqué convertido en su sombra.
Monedazo en un córner
Caparrós aprovechó la intimidad del vestuario para reclamar un mayor esfuerzo a los suyos y el Barça empezó a ceder terreno ante la presión asfixiante de los leones. San Mamés volvió a rugir mientras los de casa equilibraban el tiempo de posesión y merodeaban a Pinto. El empuje de La Catedral (en ocasiones excesivo, como en el monedazo a Abidal en un córner) obligó al Athletic a vaciarse. Guardiola aguantó quince minutos que se le hicieron eternos a los futbolistas culés. Cumplida la hora de partido, metió a Iniesta.
Todo cambió con el 8 en el campo. Los centrales doblaron sus referencias para la salida y aparecieron nuevos huecos por donde filtrar la bola hacia el trío de ataque. Las ocasiones visitantes se sucedieron. Pedro, impresionante un día más, puso un centro fenomenal al que no llegó Messi. Alves y Villa calcaron poco después su acción de la primera mitad. Esta vez no tuvo que intervenir Iraizoz, porque el cabezazo del Guaje se fue alto. El propio Iniesta le metió un pase perfecto para Alves, cruzando en diagonal todo el área bilbaína. Ni el brasileño ni Messi acertaron a aprovechar el servicio.
El Athletic quedaba recluido en su campo y no tardó en pagarlo. Messi controló un pase de Xavi, aguantó la pelota y la abrió ante la veloz irrupción de Abidal. Demasiada sorpresa para la zaga local, que solo pudo ver cómo el balón del francés llegaba a la red. El gol relajó al Barça, que olvidó que estaba en San Mamés y quiso guardar la ropa. La grada le mostró de inmediato su error. Hubo una pequeña tregua, convertida en ovación a Xavi cuando dejó el sitio a Puyol, pero enseguida crecieron los decibelios para dotar a los rojiblancos de fe en la remontada.
Llorente abrió el camino, que a punto estuvo de cortar Villa en un par de clarísimas contras. Pero el asturiano falló y regaló a La Catedral emoción hasta el último suspiro. San Mamés no merecía menos.