Hasta la feroz dictadura de Lionel Messi el fútbol encerraba verdades relativas. ¿Casillas o Iniesta?, ¿Xavi o Cristiano? ¿Zidane o Ronaldo? Incluso al Balón de Oro del rudo Cannavaro le salieron abogados en su día. El argentino parece haber puesto fin a los debates. Nadie discute sus méritos.
El destino del Balón de Oro, por tercer año consecutivo, no puede tener otro propietario que La Pulga, por más que en su debe se coloque su discreto papel de Argentina, la necesidad de sentirse amparado por un equipo para brillar o la deuda eterna que el balompié tendrá siempre con Xavi, el arquitecto y brújula del Barcelona y la selección española, dos de los mejores equipos de la historia del fútbol.
Aunque algunos entrenadores se empeñen en forjar sus proyectos con el cemento de coriáceos zagueros o -solo los más exquisitos- se atrevan con los Xavis o Iniestas, los aficionados sueñan con Messis, con futbolistas capaces de levantar de sus asientos al más pausado de los espectadores, de ofrecer algo único cada vez que avanza con el balón cosido a sus pies.
Nadie domina el arte del engaño -el regate- como la Pulga, ningún otro futbolista en el mundo es capaz de cambiar el signo de un partido por sí mismo como lo hace el argentino, empeñado en perpetuar el patio del colegio en los grandes escenarios.
Solo algunos elegidos son capaces de emocionar como lo hace Messi, presente en los títulos de Liga y Champions del 2011, las Supercopas de España y Europa y el Mundialito de clubes, es decir, como Xavi, Iniesta e incluso Víctor Valdés o Alvés, pero el argentino, además, marcó 59 goles. Sin perder la sonrisa ni la chispa, sobre el césped, el lugar en el que los futbolistas deben expresarse.