Serge Ibaka se ha hecho un hueco de oro entre las estadísticas históricas de los Oklahoma City Thunder, herederos de la franquicia que anteriormente competía en Seattle con el nombre de los Supersonics. Frente a los Mavericks de Dallas firmó diez tapones y ya comparte registro con Calvin Booth y Shawn Kemp, hasta ahora los únicos jugadores que habían alcanzado una marca de esa naturaleza.
El pívot internacional español, de origen congoleño, no responde al perfil de ilustres taponadores como Manute Bol o Dikembe Mutombo, tipos largos y afilados como juncos. Tampoco es un tanque vertical como Mark Eaton, 224 centímetros y mucho diámetro. Ibaka se queda en los 2,07 metros de pura fibra y gran capacidad de salto. Pero el talento para los gorros le viene de la intuición, de una capacidad innata para saber cuando tiene que saltar e intimidar. En el partido del récord se le puede ver irrumpiendo en el espacio aéreo desde atrás, defendiendo a su par sin conceder un respiro o llegando a las ayudas para interceptar. En los duelos desatados, en los que prima el juego libre sobre los sistemas, encuentra el mejor hábitat para sacar brillo a sus cualidades defensivas.
Ibaka pertenece a una familia congoleña de tradición baloncestística, pero fue en España donde empezó a crecer exponencialmente como jugador. Anicet Lavodrama le abrió las puertas y Jordi Ardevol, actual director de cantera del Barcelona, no dudó en firmarlo para el Hospitalet, en la LEB. Y tampoco en llevárselo a Manresa. Desde allí dio el salto a la NBA.
El pívot de los Thunder también dejó su impronta en el oro europeo conquistado por España. No fue de los más utilizados por Scariolo a lo largo del campeonato, pero sí terminó por convertirse en uno de los protagonistas de la final haciendo lo que mejor sabe. Puso cinco tapones que resonaron como bofetadas en el juego interior del combinado francés.